La vocación y el coqueteo
17:03Este silencio de las montañas de Mérida tiene una forma muy particular de hablar. Si ayer el camino hacia San Javier del Valle me invitaba a "dejar" que el mundo siguiera su curso, hoy, en este segundo día de retiro, la montaña me ha exigido subir un poco más alto para mirar de frente lo que realmente soy.
Aquí, frente al Sagrario y bajo la sombra de los picos, organizo lo que ha golpeado mi corazón este martes:
No soy el protagonista. Amanecí con una certeza que a veces el ajetreo de la parroquia y la cancillería me nubla: el actor principal de mi vida es Cristo. Él es quien subió al monte y llamó "a los que quiso". No estoy aquí por mis méritos, ni por mi capacidad de gestión, sino porque Él quiso que estuviera con Él.
En este tiempo de Cuaresma, me doy cuenta de que muchas veces he actuado como un "funcionario" de lo sagrado. Me he vuelto eficiente, pero quizá menos fiel. Hoy me hablo a mí mismo: Silverio, no puedes seguir siendo uno más del montón, busca ser santo. La santidad no es un adorno, es la urgencia de quien ha sido llamado aparte.
El altar y el peso del madero. Hoy la meditación ha sido cruda. No existe un sacerdocio "festivo" que ignore la Cruz. A veces, sin darme cuenta, he buscado los honores del ministerio pero he rehuido el peso de la entrega.
Me confronta la diferencia entre ser un servidor fiel y ser un esclavo con "ojo en el contrato". Qué fácil es caer en la tentación de medir mi entrega por beneficios o comodidades, como si el sacerdocio fuera un empleo de oficina. Mi vida es una participación en Su entrega; si quito la Cruz de mi ministerio, solo queda un disfraz vacío.
El peligro del "coqueteo" Ha surgido una palabra dolorosa en mis notas: coqueteo. No con personas, sino con la mundanidad. Es ese cansancio de "mí mismo" que me vuelve autorreferencial. Cuando me busco a mí mismo en lo que hago, me vuelvo peligroso para la Iglesia.
He recordado con temor esa frase del Apocalipsis: "Tengo contra ti que has dejado tu primer amor". Ese fuego del seminario, esa ilusión de la ordenación... ¿dónde están en medio de la rutina? A veces, por miedo a ser diferente o por querer encajar en los criterios del mundo, termino diluyendo mi identidad. Hoy le pido al Señor que me devuelva la valentía de ser suyo, totalmente suyo, sin reservas ni coqueteos con lo que me aleja de Él.
Mañana el camino sigue. Por ahora, me quedo con el eco de la montaña y la necesidad de volver a ese primer amor que lo cambió todo.
Me encomiendo a tus oraciones. P. Silverio Osorio.

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