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Mostrando entradas de mayo, 2025

DIÁLOGOS V

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  (Una semana antes del fallecimiento de Diana) Escena: Sacristía de la Parroquia. Domingo al mediodía, después de la misa. El aroma del incienso aún flota en el aire y la tenue luz del sol se filtra por el vitral, pintando la estancia de suaves colores. El Padre Salvador está retirándose la estola, cuando entran Andrés y Gabriel con una mezcla de reverencia y picardía.) Andrés: —¡Padre Salvador! Si esa homilía no fue con nombre y apellido, ¡al menos llevaba nuestra foto! Gabriel: —Tal cual, parecía más bien un llamado de atención directo del cielo... “Un sol que se cree luciérnaga”… ¡Eso somos nosotros! Ocultándonos detrás de los estudios y mil cosas más... Padre Salvador (sonriendo mientras cuelga la estola): —¡Ja! Ustedes lo han dicho, muchachos… Y no crean que no me doy cuenta. Ya tenía semanas sin verlos por aquí metidos en nada. ¿Dónde estaban? ¿En el reino de las tareas eternas o en el imperio de las novias? Andrés (con tono burlón): —Bueno… tal vez un poco de ...

Corazón con entrañas.

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Hay momentos en la vida pastoral donde el alma queda al descubierto. No por debilidad, sino por amor. Cuando uno ha dado el tiempo, la escucha, los desvelos, la oración... y lo ha hecho sin reservas, por Cristo y por los suyos, esperaría —no premios, eso está claro—, sino al menos coherencia. Y sin embargo, a veces lo que queda es el silencio, la distancia, el olvido. Se siente como un “revolcón emocional” —esto por no usar palabras más folclóricas— porque no es una herida que viene de afuera, sino del mismo lugar donde uno puso más amor. Suena cursi, sí, y tal vez quejoso, pero es real: es el dolor de haber sembrado en tierra que parecía fértil, o al menos posible, con atisbos de esperanza… pero que ahora no da señales de vida. Ni brote, ni flor, ni fruto. Solo vacío. Y no sé si es la angustia del pastor que mira a lo lejos y no ve venir a las ovejas por las que entregó tanto. Entonces el alma, gota a gota, se llena de rabia, de decepción, incluso de soberbia —que uno sabe que no debe...

DIÁLOGOS IV

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Diálogo IV Los preparativos para el sepelio de Diana, la esposa de Pedro, se llevaron a cabo con un recogimiento sereno, como si todo el pueblo supiera que en ese cuerpo descansaba una parte de su propia historia. Se avisó a su hermana, quien vivía desde joven en la ciudad capital. Allá se había casado y había tenido un hijo llamado Juan Josué. Por razones de salud, tanto de ella como de su esposo, no pudo viajar al pueblo. Sin embargo, sabían que su hijo, Juan Josué, emprendería pronto el camino hacia Curarire. Pedro recibió la noticia con un leve suspiro, como quien comprende lo inevitable, pero espera con esperanza el reencuentro. El entierro tuvo lugar a mitad de mañana, después de la misa exequial, en el cementerio redondo del pueblo, un círculo de paz abrazado por doce cipreses esbeltos, que apuntaban al cielo como los apóstoles fieles que nunca abandonan su vigilia. En el centro se erguía un gran árbol —un algarrobo añoso que todos en el pueblo llamaban “el Cristo”—, cuyas ra...

“Por muchos” y no “por todos”: un cambio que nos invita a comprender mejor el misterio.

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En la celebración de la Eucaristía, cada palabra cuenta. Lo que decimos, cómo lo decimos y desde dónde lo decimos tiene un peso sagrado. Por eso, quizás algunos recuerdan que durante años escuchamos en la consagración del cáliz las palabras: “que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados” . Sin embargo, desde hace algún tiempo, la fórmula cambió: ahora decimos “por vosotros y por muchos” . ¿A qué se debe este cambio? ¿Acaso ya no creemos que Cristo murió por todos? La respuesta es sencilla y hermosa a la vez. El cambio no niega que Jesús dio su vida por todos los seres humanos —eso sigue siendo una verdad de fe, confirmada en muchos lugares de la Escritura (cf. 1 Tim 2,6; 1 Jn 2,2). Pero en la consagración, la Iglesia no busca explicar toda la teología de la salvación, sino ser fiel a las palabras que Jesús mismo pronunció en la Última Cena, tal como las recogen los Evangelios de Mateo (26,28) y Marcos (14,24): “por muchos” . Este ajuste respo...

DIÁLOGOS III

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La lluvia continuó durante horas, como si el cielo se desahogara tras años de contención. Dentro de la casa, las voces se habían apagado. Solo quedaba el sonido del agua golpeando el techo y el silencio compartido de quienes entendían que algo profundo había comenzado a cambiar. Pedro se levantó con calma y miró uno a uno a sus hijos. —Hoy… no hemos vencido nada afuera. Pero sí algo dentro. Y eso, hijos míos, es el primer paso de toda profecía. La última vela ardía serena. Gabriel la protegía con una mano. Andrés, sin decir palabra, se acercó a su padre y lo abrazó largo rato. El eco de Curarire no era solo una leyenda, era una esperanza. Y esa noche, en medio del aguacero, había vuelto a latir. Al día siguiente... El cielo amaneció limpio, con un azul profundo y el aroma a tierra mojada llenando las calles. Pedro caminaba junto a Andrés y Gabriel por el camino empedrado que llevaba al centro del pueblo. Llevaban una bolsa de mercado, una lista arrugada y un corazón ligero,...

Reflexión desde el surco: cuando el alma también siembra.

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Hay días en que la niebla se posa sobre el alma. No es densa, pero sí constante. Se cuela entre la rutina de la parroquia, entre los saludos apurados, las bancas vacías, las homilías que uno no sabesi llegaron al corazón de alguien… y ese silencio largo que a veces deja el dar y no escuchar nada más. No lo digo con amargura, sino con sinceridad. Porque esta vida sacerdotal, tan hermosa y misteriosa, también conoce el cansancio y la fatiga del sembrador: ese que esparce la semilla con fe, aunque no siempre vea brotes, ese que a sudores abre surcos y arranca maleza. Y es en esos días nublados donde me descubro esperando. Esperando del cielo la recompensa, sí. Pero también esperando, como humano que soy, una palabra de consuelo, un gesto que fortalezca la esperanza. Porque todos, incluso los que hablamos de la fe, necesitamos ser sostenidos por ella. Hoy, celebrando a San Isidro Labrador, escuché en la mañana y por la tarde, la emoción sencilla de algunos de mis feligreses al hablar d...

El Proclamador de la Palabra: Voz Viva de Dios en la Misa Dominical

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En cada Misa dominical, cuando se proclama la Palabra de Dios, no escuchamos simplemente una lectura. Escuchamos a Dios mismo hablándonos. Esa voz pertenece al proclamador, al lector litúrgico, cuyo ministerio es mucho más que leer bien en público: es ser instrumento del Espíritu Santo para que la comunidad escuche, reciba y viva la Palabra viva y eficaz. Un Ministerio, no una Tarea.  Ser proclamador de la Palabra no es solo un "turno" o una función técnica dentro de la liturgia en la misa. Es un ministerio con una profunda dimensión espiritual. Implica preparación, oración y una vida coherente con el mensaje que se proclama. El lector se convierte en puente entre el texto sagrado y la asamblea, entre la voz escrita y el corazón de los fieles. La Centralidad de la Palabra los Domingos.  El domingo es el Día del Señor, el centro de la vida cristiana. Es cuando la mayoría de los fieles se reúnen para la Eucaristía. Por eso, la proclamación de la Palabra ese día tiene una f...