Cumulus IV
La garganta del río La mitad del autobús seguía suspendida sobre el vacío, como si la noche hubiese detenido el tiempo justo antes del desastre final. Juan Josué, espabilado por los gritos y el temblor del vehículo, miró a su alrededor. La señora que estaba a su lado golpeaba desesperadamente una de las ventanas, sus nudillos enrojecidos, sus ojos desorbitados. Sin pensarlo, Juan tomó su pequeño termo metálico de café —el mismo que su papá le había entregado— y lo estrelló contra el vidrio de emergencia. Un golpe, dos, tres... y finalmente, con un chasquido seco, el vidrio de seguridad cedió. El aire húmedo y frio del exterior entró de golpe y se mesclo con el calor de la desesperación. Algunos pasajeros, ya más calmados gracias al liderazgo espontáneo de otros, comenzaban a organizarse para ayudar a las mujeres y a los niños a salir por algunas ventanas. Juan ayudó a la señora que había estado a su lado, luego a otra madre que llevaba un bebé envuelto en una manta de colores viv...