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Mostrando entradas de junio, 2025

Cumulus IV

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La garganta del río La mitad del autobús seguía suspendida sobre el vacío, como si la noche hubiese detenido el tiempo justo antes del desastre final. Juan Josué, espabilado por los gritos y el temblor del vehículo, miró a su alrededor. La señora que estaba a su lado golpeaba desesperadamente una de las ventanas, sus nudillos enrojecidos, sus ojos desorbitados. Sin pensarlo, Juan tomó su pequeño termo metálico de café —el mismo que su papá le había entregado— y lo estrelló contra el vidrio de emergencia. Un golpe, dos, tres... y finalmente, con un chasquido seco, el vidrio de seguridad cedió. El aire húmedo y frio del exterior entró de golpe y se mesclo con el calor de la desesperación. Algunos pasajeros, ya más calmados gracias al liderazgo espontáneo de otros, comenzaban a organizarse para ayudar a las mujeres y a los niños a salir por algunas ventanas. Juan ayudó a la señora que había estado a su lado, luego a otra madre que llevaba un bebé envuelto en una manta de colores viv...

Seguir sembrando...

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Hay días en los que el alma ya no quiere seguir dando aire a quienes no quieren respirar, ni seguir sembrando en terrenos que se endurecieron por algo que aun no atisbo a saber. Días en los que se anhela, con una mezcla de dolor y verdad, ser un poco menos sensible, un poco menos vulnerable, un poco menos humano. Pero no se puede. Porque amar, como lo hace Dios, siempre deja una herida abierta. Una cruz que se lleva en silencio. Amar es morir poco a poco para que otros vivan, incluso cuando esos otros no lo notan o ya no están. Jesús también amó así: con ternura a los que lo traicionaron, con compasión a los que se alejaron, con fidelidad a los que no volvieron. No es tonto el que ama con todo, aunque no reciba lo mismo. Tonto es el que olvida el valor de quien se da sin medida. Y aunque parezca que muchos se acostumbran a quedarse con todo, el cielo guarda el eco silencioso de cada misericordia. Porque en este mundo donde muchos solo toman, son pocos los que, todavía creen en dar. Tal...

Cumulus III

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El primer rayo de sol se colaba por la ventana, pintando de un naranja vívido el pequeño estudio que Joaquín, con más cariño que pretensión, llamaba su "scriptorium". El silencio de la casa era abrumador. En la penumbra, apenas iluminada por la lámpara de aceite que aún ardía, la pluma de Joaquín se deslizaba sobre el pergamino, trazando las últimas líneas de su relato, un relato nacido de la más inesperada de las noticias: Diana sería sepultada en la cripta del Algarrobo, un lugar que no recibía a nadie desde hacía siglos. Su corazón de escritor se había encendido con el misterio, y sus palabras, recién escritas, resonaban en el aire: "...y el Guardián, ya casi un susurro en el viento, pronunció la inscripción, la última que grabaría en la memoria del valle, las palabras que sellarían el destino de los hermanos y de las dos ciudades: 'Creati ab ipso Deo. Divisi superbia. Uniti morte.' (Creados por Dios mismo. Divididos por la soberbia. Unidos en la muerte.) Y ...

La Cripta del Algarrobo III

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Una Verdad Dolorosa. El polvo se alzaba, denso, como si la propia historia se resistiera a ser contada. La lluvia había cesado, dejando un hedor metálico a tierra mojada y sangre fresca. Ambos hombres se arrastraban hacia la espada , una reliquia bañada en el fulgor de una profecía desvelada. El Capitán de Nin, con la codicia hirviendo en sus venas, veía en el acero un trono arrebatado, el poder de un imperio por construir sobre las cenizas de un rival. Solán, con la desesperación clavada en el alma , buscaba en ella el último bastión de un pueblo agonizante, el eco de una esperanza a punto de extinguirse. El odio y la esperanza reptaban por el mismo barro, dos sombras gemelas danzando en el umbral del destino. Solán fue el primero en llegar. Sus dedos, callosos por los años de resistencia, se cerraron sobre la empuñadura de luz . El poder que sintió no era el filo que corta ni la furia que consume; era un calor ancestral que engendra vida . En ese instante, una verdad se desplegó...

Imágenes.

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La Cripta del Algarrobo II.

  El país de Concepción. Se decía que los extranjeros venían del país de Concepción , una tierra lejana y casi olvidada, envuelta en leyenda y misterio, un país más allá del mar, más allá del cielo, más allá del tiempo. Habían partido hacía incontables lunas, guiados por las constelaciones y por el sol mismo, que les mostró el camino, les confió una misión y les entregó una promesa. Buscaban una espada. Una espada antigua y poderosa, sagrada y luminosa, que según los relatos había sido forjada por el mismo sol, empuñada por los héroes del amanecer y escondida por los ángeles en tiempos de oscuridad. Traían consigo un mapa —raído, enigmático, de bordes quemados por la sal del tiempo— del que la mujer de vestiduras grises afirmaba que había sido dibujado por el sol en la última plenitud de su fuerza. Por eso hallaron con tanta certeza la Lámpara del Oritur Diez , oculta en el recinto ancestral. El mapa señalaba con claridad que, tras hallar la lámpara, debían seguir su luz hasta el ...