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Las manos sudorosas del pastor.

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La noche del sábado había caído sobre la casa parroquial con una quietud engañosa. El padre Renialdo permanecía sentado junto a la ventana de su habitación. Afuera, las luces dispersas del barrio titilaban entre los postes y las sombras. Sobre la pared, la bandera de la Resurrección parecía moverse suavemente con la corriente de aire que entraba por la ventana entreabierta. Había terminado de preparar la homilía del domingo, revisado algunos documentos de la cancillería, respondido mensajes y coordinado detalles de la semana. Todo estaba aparentemente en orden. Y sin embargo, algo pesaba. Se llevó una mano al rostro y permaneció inmóvil. Aquella tarde había leído una reflexión que le había dejado una herida abierta en el alma. Una frase seguía resonando: "¿Quién mira las manos sudorosas y el corazón del pastor?" Cerró los ojos. No era cansancio físico solamente.  Era otra cosa.  Era el peso acumulado de años.  Los bautizos celebrados.  Las confesiones...

Un día cualqiera.

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La casa cural estaba en silencio cuando el padre llegó. Eran pasadas las diez de la noche. Cerró lentamente la puerta principal y permaneció unos segundos inmóvil en el recibidor, como si necesitara convencer a su cuerpo de que la jornada había terminado. Había sido un martes particularmente movido. Aquella mañana se había levantado antes del amanecer con una sensación extraña. El cuerpo le pesaba. La garganta estaba reseca y le ardía ligeramente al tragar. Incluso creyó sentir algunas décimas de fiebre. —Ah, caramba... me estoy enfermando —murmuró mientras se observaba en el espejo del baño. Le sorprendió la sensación. Hacía mucho tiempo que no experimentaba algo semejante. Mientras tomaba una pastilla y se disponía a asearse para comenzar el día, un recuerdo apareció con nitidez. Tres años atrás, un domingo especialmente intenso, había ignorado todos los avisos que le enviaba el cuerpo. Había celebrado la primera misa, luego la segunda, visitado comunidades, atendido reunio...

Bajo el Manto de la Gracia.

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La noche había caído lentamente sobre la ciudad. El calor del día aún permanecía suspendido en el aire como una brasa que se negaba a extinguirse. Después de una larga reunión pastoral, tres sacerdotes salieron al pequeño mirador de la casa parroquial. Desde allí podían verse las luces dispersas de las viviendas y, a lo lejos, algunos sectores todavía sumidos en la oscuridad por los cortes eléctricos. El padre Pedro aflojó el cuello de la camisa clerical y se dejó caer en una silla de plástico. —No sé cómo hacen algunos de mis feligreses para sobrevivir —dijo mientras se secaba el sudor de la frente—. Y tampoco sé cómo hacemos nosotros para mantener la parroquia en pie. Cada vez cuesta más. El padre Andrés sonrió con cansancio. —Si te sirve de consuelo, en la mía es igual. Cuando llega el momento de reparar algo o colaborar con alguna actividad, todos están de acuerdo... hasta que toca aportar. Los tres soltaron una breve carcajada. —En mi caso —intervino el padre Miguel— el prob...

Curarire · La novela.

Una historia de fe, raíces y humanidad en los Andes venezolanos Curarire es el nombre de un pueblo imaginario enclavado en un lugar, pero sus historias son completamente reales en lo que tocan: la muerte, la familia, la fe, el duelo, la vocación y la gracia que aparece en lo cotidiano. Esta saga nació de diálogos pastorales y creció hasta convertirse en una novela por entregas. Los personajes Pedro — El anciano sabio del pueblo, sembrador, viudo. Padre de Mercedes y cuñado de Diana. Diana — La esposa de Pedro, fallecida antes de que comience la historia principal. Su ausencia lo impregna todo. Mercedes — Hija de Pedro, mujer joven y sensible, hija de la tierra. Joaquín — Esposo de Mercedes. Trabajador, con raíces profundas en Curarire. Andrés y Gabriel — Jóvenes de la parroquia, llenos de vida y preguntas. Juan Josué — Sobrino de Pedro, llegado desde la ciudad. Carga una historia propia y la busca de reconciliación. Padre Salvador — El sacerdote del pueblo. Confesor...

La Memoria en una Taza de Café: Aquel Sábado de Cuaresma.

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El sol de marzo caía con aplomo sobre la enramada de la casa parroquial, pero bajo la sombra, el aroma del café recién colado dictaba una tregua. Era 21 de marzo de 2026. El almuerzo, un banquete con ese sello de hogar que solo la madre de un sacerdote sabe imprimir, había dejado a todos en un estado de reposo reflexivo. Frente al Padre, cuatro jóvenes —sus pilares en el trabajo rudo de la parroquia— se sacudían el polvo de una jornada intensa. Habían pasado la mañana desmontando los tarantines y armazones que, desde la Navidad pasada, sostenían el pesebre. El viejo templo, con sus muros de más de 340 años custodiando la historia de Maracaibo, parecía respirar aliviado tras el retiro de las maderas. Titico, el mayor y líder del grupo, de piel clara y gesto bonachón, dio el primer sorbo a su taza antes de romper el silencio: —Padre, ¿y usted no tuvo miedo? El Padre dejó la mirada perdida en el vapor del café. Sus manos, las mismas que hoy consagraban, parecieron viajar doce años atrás e...

Del Rostro que se Encuentra al Corazón que es Cauce.

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A veces, en el silencio de estas montañas de Mérida, el eco de una charla de retiro no se queda en el aula, sino que baja con uno hasta la capilla y se mete en el examen de conciencia. Hoy, al repasar mis notas, me detuve en una serie de ideas que me golpearon con fuerza. Estas reflexiones son tanto un "jalón de orejas" para mí como una invitación para ustedes que me leen. I. El Rostro contra el Avatar: ¿A quién le estamos hablando? Vivimos en la era del avatar. Es fácil esconderse detrás de una pantalla, de un perfil diseñado o de una función administrativa. Pero en este retiro he comprendido que el entorno virtual nos está robando el referente humano. Sin rostro, no hay encuentro; y sin encuentro, la caridad se vuelve una teoría lejana. Me preguntaba hoy: Silverio, ¿estás ofreciendo tu rostro a Dios o solo le das la espalda con tus distracciones? Y más allá: ¿Le doy mi rostro a mis hermanos sacerdotes y a mis fieles, o solo les doy el "trámite"? El Papa Francisco,...

Emaús y Getsemaní.

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Este tercer día de retiro ha sido, en muchos sentidos, un descenso a las profundidades de mi propia humanidad y un regreso necesario a la fuente de mi ministerio. Las charlas cuarta y quinta me han puesto frente a un espejo que a veces preferiría no mirar, pero es allí, en la verdad de lo que soy, donde la Gracia realmente opera. Aquí comparto las reflexiones de esta jornada: Entre Emaús y Getsemaní: Cuando la Gracia abraza mi fragilidad.  Caminar estos días de retiro me ha recordado el sendero de Emaús. A veces, como aquellos discípulos, me descubro rumiando el "desconcierto". Es esa parte humana que se duele ante las expectativas creadas y no cumplidas. Pero el peligro no es sentir la tristeza, sino dejar que se convierta en amargura. Los discípulos no solo caminan hacia una aldea; huyen de un fracaso. El relato comienza con el testimonio de las mujeres que fueron al sepulcro y no hallaron el cuerpo. Para muchos, esto no generó fe, sino una expectativa de angustia. Como sac...