Las manos sudorosas del pastor.
La noche del sábado había caído sobre la casa parroquial con una quietud engañosa. El padre Renialdo permanecía sentado junto a la ventana de su habitación. Afuera, las luces dispersas del barrio titilaban entre los postes y las sombras. Sobre la pared, la bandera de la Resurrección parecía moverse suavemente con la corriente de aire que entraba por la ventana entreabierta. Había terminado de preparar la homilía del domingo, revisado algunos documentos de la cancillería, respondido mensajes y coordinado detalles de la semana. Todo estaba aparentemente en orden. Y sin embargo, algo pesaba. Se llevó una mano al rostro y permaneció inmóvil. Aquella tarde había leído una reflexión que le había dejado una herida abierta en el alma. Una frase seguía resonando: "¿Quién mira las manos sudorosas y el corazón del pastor?" Cerró los ojos. No era cansancio físico solamente. Era otra cosa. Era el peso acumulado de años. Los bautizos celebrados. Las confesiones...