Frente al Padre, cuatro jóvenes —sus pilares en el trabajo rudo de la parroquia— se sacudían el polvo de una jornada intensa. Habían pasado la mañana desmontando los tarantines y armazones que, desde la Navidad pasada, sostenían el pesebre. El viejo templo, con sus muros de más de 340 años custodiando la historia de Maracaibo, parecía respirar aliviado tras el retiro de las maderas.
Titico, el mayor y líder del grupo, de piel clara y gesto bonachón, dio el primer sorbo a su taza antes de romper el silencio:
—Padre, ¿y usted no tuvo miedo?
El Padre dejó la mirada perdida en el vapor del café. Sus manos, las mismas que hoy consagraban, parecieron viajar doce años atrás en el tiempo.
El 5 de abril de 2014
—El miedo es una sombra que solo se disipa con la confianza —respondió el Padre con una sonrisa nostálgica—. Era un sábado de la cuarta semana de Cuaresma. 5 de abril de 2014. San José nos recibía a tres seminaristas para el diaconado. Saben, la liturgia tiene esos caprichos: hoy es 21 de marzo, pero aquel aire cuaresmal de hace años se siente idéntico hoy.
Titán, alto, rubio y con la fibra propia de quien no le teme al esfuerzo, escuchaba con una fijeza casi mística. A su lado, Tobín, con su cabellera crespa de matices cobrizos brillando bajo el sol, y Tuis, cuya sonrisa blanca contrastaba con su piel morena y vibrante, asintieron en silencio.
—Me tocó preparar el altar —continuó el Padre, bajando la voz como si revelara un secreto de confesión—. Estaba tan nervioso que los muros de la iglesia me parecían gigantes. Al momento de las oraciones secretas, esas que el ministro susurra para purificar el corazón ante el misterio, me confundí todo. Las palabras se me atropellaban en la lengua. Sentía que el peso de la historia y del llamado eran más grandes que mis propias fuerzas.
Entre el ayer y el hoy
Titán intervino, moviendo las manos con asombro:
—Es impresionante, Padre. Uno los ve ahí arriba y piensa que todo es calma, pero vivir eso debe ser como estar frente a un fuego que no quema, pero que estremece.
El Padre asintió, mirando hacia el antiguo templo parroquial que se erguía a pocos metros.
—Lo era. Éramos tres, cada uno con su propia tormenta interna, entregando la vida en un "sí" que todavía resuena. Aquel 5 de abril fue el preludio de todo lo que soy hoy para ustedes.
Los jóvenes guardaron silencio. En la mesa de la enramada, el café ya se terminaba, pero la historia apenas comenzaba a asentarse en sus corazones. Desmontar un pesebre era un trabajo físico; pero escuchar el origen de una vocación en una tarde de Cuaresma era, sin duda, un trabajo del alma.







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