Emaús y Getsemaní.
20:20Este tercer día de retiro ha sido, en muchos sentidos, un descenso a las profundidades de mi propia humanidad y un regreso necesario a la fuente de mi ministerio. Las charlas cuarta y quinta me han puesto frente a un espejo que a veces preferiría no mirar, pero es allí, en la verdad de lo que soy, donde la Gracia realmente opera. Aquí comparto las reflexiones de esta jornada:
Entre Emaús y Getsemaní: Cuando la Gracia abraza mi fragilidad. Caminar estos días de retiro me ha recordado el sendero de Emaús. A veces, como aquellos discípulos, me descubro rumiando el "desconcierto". Es esa parte humana que se duele ante las expectativas creadas y no cumplidas. Pero el peligro no es sentir la tristeza, sino dejar que se convierta en amargura.
Los discípulos no solo caminan hacia una aldea; huyen de un fracaso. El relato comienza con el testimonio de las mujeres que fueron al sepulcro y no hallaron el cuerpo. Para muchos, esto no generó fe, sino una expectativa de angustia. Como sacerdote, entiendo que el desconcierto nace de las expectativas creadas y no cumplidas. Es esa "parte humana" de lo que esperábamos que fuera nuestro ministerio o nuestra vida, y que ahora simplemente no es.
He escrito en mis notas que la amargura es un enemigo sutil. Es como la sombra que se extiende sobre la Tierra Media: no llega de golpe, sino que va robando poco a poco la alegría de la vocación. Me pregunto: ¿Cuántas veces camino con "cara de vinagre"? ¿Me he convertido en un pesimista que desencanta a otros? El problema surge cuando esa amargura deja de ser un momento de crisis para volverse algo habitual.
Mirar esto de frente me obliga a reconocer que no soy omnipotente. Mi ministerio no es una carga que deba llevar en solitario, como si fuera el único capaz de sostener el mundo sobre mis hombros.
La trampa del aislamiento. El tema de la alimentación y el sedentarismo (citando a Nietzsche) me hace pensar en cómo el cuerpo afecta al espíritu. La "carne sedentaria" puede ser un pecado contra el Espíritu Santo. Si me siento aislado de mi familia o auto-excluido del presbiterio ("el Obispo no me ayuda", "solo yo puedo ayudarme"), termino haciendo de mi vida un valle de lágrimas en lugar de un jardín de servicio.
No puedo vivir mi fe como quien observa desde una torre aislada. Estar "dentro" de la Iglesia es también estar dispuesto a ser ayudado. Negarse a la ayuda de los demás es una forma de soberbia que termina por convertir la vida en un valle de lágrimas innecesario. Incluso algo tan cotidiano como mi alimentación y mi descanso son parte de esta batalla: un cuerpo descuidado es un terreno fértil para que el espíritu se agrie.
Quinta Charla: Getsemaní – El Encuentro en el Huerto (Mc 14, 32-42) Siguiendo las enseñanzas del Papa Benedicto XVI, me sumerjo en este momento crucial donde Jesús experimenta el peso de nuestra humanidad.
Una vuelta a la oración. Este es el ejemplo de oración de Jesús en su momento más dramático. Ante una misión difícil, la oración no es un accesorio, es lo fundamental. Como dice Benedicto XVI, debemos sumergirnos en la oración de Getsemaní para entender que orar es conformar nuestra voluntad a la de Dios.
Me detuve a pensar en la Liturgia de las Horas. Hay una diferencia profunda entre la frialdad de una pantalla y el peso físico del libro en mis manos. El tacto de las páginas me devuelve al ritual de mi ordenación, a ese compromiso de interceder por el pueblo. No puedo permitir que el "clericalismo digital" me robe el asombro ante lo sagrado.
Servidor de los misterios, no dueño. Al reflexionar sobre los sacramentos, el examen de conciencia se hizo más agudo:
La Eucaristía: ¿Cómo la celebro? ¿Me preparo con silencio o entro por inercia? El altar no es lugar para mis inventos o abusos. La homilía debe ser pan partido, no un espacio para hablar de mí mismo.
La Reconciliación: Soy instrumento de misericordia, pero ¿cuándo fue la última vez que yo mismo me confesé? No puedo ofrecer agua limpia si mi propio pozo está descuidado. Aunque las preguntas resonaron con estruendo la tranquilidad de la confesión frecuente que vivo me mantuvo firme.
La entrega en lo pequeño: Cada bautismo, cada unción, cada matrimonio requiere mi creatividad y mi presencia real. No soy un gestor de aranceles, soy un dispensador de la Gracia de Dios.
Conclusión de la jornada: Hoy me hablo a mí mismo con la firmeza de quien sabe que la batalla aún no termina: Silverio, ¿cómo está tu oración? ¿Estás celebrando con fidelidad o por costumbre? Reconozco que he sido negligente en ocasiones, pero este retiro es mi oportunidad para volver al Ritual de Ordenación. Como una luz que brilla en la oscuridad cuando todas las demás luces se apagan, la fidelidad a mis promesas es lo que mantiene encendido el fuego de mi servicio.
Señor, dame la gracia de no ser un "negociante" de lo sagrado, sino un servidor humilde que sabe que, sin Ti, no puede hacer nada.
Pbro. Silverio Osorio.

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