Bajo el Manto de la Gracia.


La noche había caído lentamente sobre la ciudad. El calor del día aún permanecía suspendido en el aire como una brasa que se negaba a extinguirse. Después de una larga reunión pastoral, tres sacerdotes salieron al pequeño mirador de la casa parroquial. Desde allí podían verse las luces dispersas de las viviendas y, a lo lejos, algunos sectores todavía sumidos en la oscuridad por los cortes eléctricos. El padre Pedro aflojó el cuello de la camisa clerical y se dejó caer en una silla de plástico. —No sé cómo hacen algunos de mis feligreses para sobrevivir —dijo mientras se secaba el sudor de la frente—. Y tampoco sé cómo hacemos nosotros para mantener la parroquia en pie. Cada vez cuesta más. El padre Andrés sonrió con cansancio. —Si te sirve de consuelo, en la mía es igual. Cuando llega el momento de reparar algo o colaborar con alguna actividad, todos están de acuerdo... hasta que toca aportar. Los tres soltaron una breve carcajada. —En mi caso —intervino el padre Miguel— el problema es otro. Entre el calor, los apagones y las dificultades económicas, mucha gente simplemente deja de asistir. No por falta de fe, sino porque están agotados. Hubo unos segundos de silencio. El viento cálido movió algunas hojas de los árboles cercanos. —¿Y saben qué es lo más curioso? —continuó Miguel—. Que a pesar de todo, las parroquias siguen funcionando. —Eso mismo me pregunto yo todos los días —respondió Pedro—. Las cuentas no cuadran, los planes se complican, los problemas aparecen uno detrás de otro... y, sin embargo, aquí seguimos. Andrés levantó la vista hacia el cielo oscuro. —Porque esto no lo sostenemos nosotros. Los otros dos lo miraron. —La Iglesia sigue en pie porque la sostiene Dios. Si dependiera solamente de nuestras fuerzas, hace mucho tiempo que se habría derrumbado. Pedro asintió lentamente. —La gracia de Dios. —Y la fuerza del Espíritu Santo —añadió Miguel. Los tres guardaron silencio. Era una de esas verdades tan evidentes que no necesitaban explicación. Después la conversación tomó otro rumbo. —¿Se acuerdan del padre Ramón? —preguntó Pedro. —Cómo olvidarlo —rió Andrés—. Era capaz de mover una diócesis entera con una sola llamada telefónica. —Y también de hacer temblar a medio presbiterio. Volvieron a reír. Comenzaron entonces a recordar nombres de sacerdotes ya fallecidos. Algunos habían sido grandes constructores de obras pastorales. Otros habían destacado por su inteligencia o por su capacidad de gobierno. Algunos fueron admirados. Otros, temidos. —Lo curioso —dijo Miguel— es que muchos pensábamos que cuando esa generación desapareciera, llegaría una nueva forma de hacer las cosas. —Yo también lo creí —respondió Andrés—. Pensé que vendrían sacerdotes jóvenes con ideas nuevas, más cercanos, más sencillos. Pedro suspiró. —Pero no siempre sucede. —No —continuó Miguel—. A veces uno descubre que el mismo esquema sigue allí. El mismo clericalismo. La misma necesidad de destacar. Los mismos grupos cerrados. Los mismos que miran por encima del hombro a los demás. Andrés apoyó los codos sobre las rodillas. —Eso también es un problema de madurez personal. Cuando uno pierde de vista que trabaja para Cristo y para la Iglesia, termina trabajando para sí mismo. —Puede ser —dijo Pedro—. Pero también hay quienes simplemente reproducen lo que aprendieron. Son discípulos de quienes los formaron. Repiten gestos, actitudes y formas de pensar. Miguel observó la oscuridad que se extendía más allá del mirador. —Yo lo veo de otra manera. Los otros dos esperaron. —Hay árboles cuyos frutos nunca se cosechan. Pedro sonrió. —Explícate. —Cuando el fruto madura y nadie lo recoge, termina cayendo al suelo. Se pudre. Y de esa fruta podrida nacen nuevos árboles. Árboles que llevan dentro la misma semilla. Los otros dos quedaron pensativos. —¿Quieres decir que algunos defectos se heredan? —preguntó Andrés. —No por obligación. Pero sí por influencia. Hay actitudes que se transmiten si nadie las corrige. Pedro asintió lentamente. —Tiene sentido. El silencio volvió a instalarse entre ellos. Las luces de algunas casas comenzaron a apagarse. Tal vez otro corte eléctrico. Finalmente Andrés habló. —Bueno, hermanos, nosotros no podemos resolver todos los problemas de la Iglesia. —Ni cambiar el mundo esta noche —añadió Miguel. —Pero sí podemos hacer nuestra parte —concluyó Pedro. Los tres estuvieron de acuerdo. Seguir trabajando. Seguir sirviendo. Seguir anunciando el Evangelio. Seguir cuidando al pueblo que Dios les había confiado. Y, sobre todo, seguir orando. Orando por la Iglesia. Orando por el obispo. Orando por sus hermanos sacerdotes. Orando para que, en medio de tantas fragilidades humanas, la Iglesia continuara siendo signo de comunión y presencia viva de Cristo en aquella parte del mundo. El viento sopló nuevamente. Y mientras la noche avanzaba, los tres sacerdotes permanecieron allí unos minutos más, contemplando el horizonte en silencio, conscientes de que la obra no era suya. Era de Dios. 

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