La Déesis, es una representación iconográfica tradicional de Cristo en Majestad o Cristo Pantocrátor entronizado, llevando un libro y flanqueado por la Virgen María y San Juan Bautista, acompañado a veces por ángeles y santos. En otras ocasiones, también se representa a Cristo en la Cruz, pero siempre acompañado de la su Madre y de San Juan Bautista.
La déesis es la intercesión o súplica que la Virgen dirige a Cristo. “No dejes de interceder nunca, oh Virgen ( ruega la liturgia) ante quien inefablemente has dado ha luz, el amigo de los hombres para que salve de todos los peligros a cuantos en ti se refugian”.
El icono de la déesis intenta destacar la intercesión incesante de la madre a favor de sus hijos espirituales. Su mediación es absolutamente superior a la de los demás santos, ya que ella es la Madre La Virgen está revestida de realeza divina como lo testimonia su maphorion (manto) rojo púrpura adornado con un precioso galón. Las tres estrellas bordadas son el signo dogmático de su virginidad perpetua. El azul de la túnica muestra su piedad inmensa como el cielo.
La Virgen está inmóvil en su súplica intercesora pero actuante en su espíritu. La intensidad de su interior se refleja en su mirada suplicante, delicada y convincente que revela de manera expresiva la fuerza extraordinaria de su alma y el señorío de su espíritu sobre su cuerpo. Como si todo en ella se hubiera detenido en la espera de la respuesta divina, ya de por si descontada, a la que tiende los oídos de su alma. del Rey que intercede ante su Hijo Pantocrator, la que suplica al Hijo mayor por sus hijos menores.
Soy nativo del estado Zulia, acá existe un tipo de música muy particular y pegajosa. Es muy polifacética, puede ser la voz de protesta de los que no tienen voz, o simplemente los piropos que algún enamorado le diría a su novia. Y así sucesivamente este ritmo, ha invadido y cantado muchas de las realidades de mi región. Es la Gaita, sobre su origen hay muchas historias y cuentos, de eso no hablaremos hoy, quizá en otra oportunidad. Este ritmo gaitero que tiene mucho que ver con la devoción Mariana, también ha servido para exaltar a Cristo y honrarle. Un sacerdote, hace algunos años, compuso lo que hoy en la Iglesia Zuliana conocemos como “La misa zuliana”, está, por lo general, se canta en la solemnidad de la Patrona del estado, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, o de pronto cuando queremos expresar nuestra cultura musical en la Acción de Gracias Eucarística. Transcribo para ustedes lo que es el canto del ofertorio de esta misa. I Te hiciste compañero de camino, ...
Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se miden en silencios y reencuentros. Hace poco, mientras dejábamos atrás el calor de Maracaibo para subir hacia la quietud de San Javier del Valle, en Mérida, viví uno de esos momentos que te devuelven al centro de todo. Íbamos en el autobús, un grupo de hermanos sacerdotes camino al retiro. De pronto, surgió la guitarra. Entre anécdotas compartidas y esas risas que solo se tienen con quienes conocen tu historia desde el seminario, empezó a sonar una melodía que todos llevamos grabada en el alma: "Ven y sígueme". Mientras las montañas de los Andes empezaban a asomar, la letra se me quedó enredada en el corazón, especialmente en ese inicio insistente: "Deja que el mundo vaya por su camino... Deja que el hombre vuelva a su casa... Deja que la gente acumule su fortuna..." Me puse a pensar en la premura con la que a veces vivo. Como sacerdote, es muy fácil dejarse absorber por "lo secundario": la gestión parro...
El crepúsculo se extendía sobre Curarire, tiñendo el cielo con los últimos vestigios de luz. En la sacristía, el aroma a incienso se mezclaba con el de café, un bálsamo reconfortante en el aire aún denso por el luto. El Padre Salvador, con su rostro sereno, escuchaba a Pedro, quien relataba la sorprendente noticia sobre Mario Merino. —...y por la tarde, las señoras me confirmaron que todo salió muy bien con Mario, Padre. La operación fue un éxito y ya está en recuperación. Pienso ir a visitarlo en cuanto pueda. —dijo Pedro, una ligera sonrisa de alivio asomando en sus labios. En ese instante, la puerta lateral de la sacristía se abrió. Juan Josué, pálido pero de pie, entró flanqueado por Joaquín, quien lo sostenía suavemente del brazo. —¡Padre Salvador! —saludó Juan Josué, con la voz algo ronca. El sacerdote se levantó con una sonrisa, sus ojos reflejando la alegría de ver al joven sano. Justo entonces, irrumpieron Gabriel, Andrés, Tomás y Elías, trayendo consigo un torbellino ...
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