Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se miden en silencios y reencuentros. Hace poco, mientras dejábamos atrás el calor de Maracaibo para subir hacia la quietud de San Javier del Valle, en Mérida, viví uno de esos momentos que te devuelven al centro de todo.
Íbamos en el autobús, un grupo de hermanos sacerdotes camino al retiro. De pronto, surgió la guitarra. Entre anécdotas compartidas y esas risas que solo se tienen con quienes conocen tu historia desde el seminario, empezó a sonar una melodía que todos llevamos grabada en el alma: "Ven y sígueme".
Mientras las montañas de los Andes empezaban a asomar, la letra se me quedó enredada en el corazón, especialmente en ese inicio insistente: "Deja que el mundo vaya por su camino... Deja que el hombre vuelva a su casa... Deja que la gente acumule su fortuna..."
Me puse a pensar en la premura con la que a veces vivo. Como sacerdote, es muy fácil dejarse absorber por "lo secundario": la gestión parroquial, los papeles de la cancillería, las urgencias logísticas o el ruido de las redes sociales. Son cosas necesarias, sí, pero no son la esencia.
Ese "Deja que..." me golpeó con suavidad. Me di cuenta de que a veces me quedo tanto tiempo intentando que todo lo secundario funcione, controlar procesos que no me corresponden y muchas veces que se me olvida que estoy puesto aquí, ante todo, para seguir al Señor.
La reflexión se hizo más profunda al pensar en mi ministerio. Mi tarea no es solo seguirlo yo, sino ser puente para que otros también puedan dejar sus cargas. Pero, ¿cómo puedo ayudar a otros a soltar sus "redes" si yo mismo estoy enredado en lo que no trasciende?
La canción seguía: "Pero tú, tú ven y sígueme...". Es una llamada personal, casi un susurro en medio del ajetreo del autobús. Es un recordatorio de que ser "luz y sal" no nace de hacer muchas cosas, sino de estar con Él.
Llegar a la casa de retiros de San Javier con esta inquietud fue un regalo. Me recordó que el seguimiento no es algo que se hizo una vez el día de la ordenación, sino un ejercicio diario de discernir qué debo dejar ir hoy para caminar más ligero hacia Él.
Hoy me quedo con esa tarea: ayudar a que otros dejen lo que les pesa, mientras yo mismo aprendo a soltar mis propias seguridades.
Al final, el camino es uno solo: no mirar atrás y confiar en que, al dejar que el mundo siga su curso, nosotros encontramos el nuestro en sus huellas.