DIÁLOGOS III
La lluvia continuó durante horas, como si el cielo se desahogara tras años de contención. Dentro de la casa, las voces se habían apagado. Solo quedaba el sonido del agua golpeando el techo y el silencio compartido de quienes entendían que algo profundo había comenzado a cambiar. Pedro se levantó con calma y miró uno a uno a sus hijos. —Hoy… no hemos vencido nada afuera. Pero sí algo dentro. Y eso, hijos míos, es el primer paso de toda profecía. La última vela ardía serena. Gabriel la protegía con una mano. Andrés, sin decir palabra, se acercó a su padre y lo abrazó largo rato. El eco de Curarire no era solo una leyenda, era una esperanza. Y esa noche, en medio del aguacero, había vuelto a latir. Al día siguiente... El cielo amaneció limpio, con un azul profundo y el aroma a tierra mojada llenando las calles. Pedro caminaba junto a Andrés y Gabriel por el camino empedrado que llevaba al centro del pueblo. Llevaban una bolsa de mercado, una lista arrugada y un corazón ligero,...