Soy nativo del estado Zulia, acá existe un tipo de música muy particular y pegajosa. Es muy polifacética, puede ser la voz de protesta de los que no tienen voz, o simplemente los piropos que algún enamorado le diría a su novia. Y así sucesivamente este ritmo, ha invadido y cantado muchas de las realidades de mi región. Es la Gaita, sobre su origen hay muchas historias y cuentos, de eso no hablaremos hoy, quizá en otra oportunidad. Este ritmo gaitero que tiene mucho que ver con la devoción Mariana, también ha servido para exaltar a Cristo y honrarle. Un sacerdote, hace algunos años, compuso lo que hoy en la Iglesia Zuliana conocemos como “La misa zuliana”, está, por lo general, se canta en la solemnidad de la Patrona del estado, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, o de pronto cuando queremos expresar nuestra cultura musical en la Acción de Gracias Eucarística. Transcribo para ustedes lo que es el canto del ofertorio de esta misa. I Te hiciste compañero de camino, ...
Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se miden en silencios y reencuentros. Hace poco, mientras dejábamos atrás el calor de Maracaibo para subir hacia la quietud de San Javier del Valle, en Mérida, viví uno de esos momentos que te devuelven al centro de todo. Íbamos en el autobús, un grupo de hermanos sacerdotes camino al retiro. De pronto, surgió la guitarra. Entre anécdotas compartidas y esas risas que solo se tienen con quienes conocen tu historia desde el seminario, empezó a sonar una melodía que todos llevamos grabada en el alma: "Ven y sígueme". Mientras las montañas de los Andes empezaban a asomar, la letra se me quedó enredada en el corazón, especialmente en ese inicio insistente: "Deja que el mundo vaya por su camino... Deja que el hombre vuelva a su casa... Deja que la gente acumule su fortuna..." Me puse a pensar en la premura con la que a veces vivo. Como sacerdote, es muy fácil dejarse absorber por "lo secundario": la gestión parro...
El crepúsculo se extendía sobre Curarire, tiñendo el cielo con los últimos vestigios de luz. En la sacristía, el aroma a incienso se mezclaba con el de café, un bálsamo reconfortante en el aire aún denso por el luto. El Padre Salvador, con su rostro sereno, escuchaba a Pedro, quien relataba la sorprendente noticia sobre Mario Merino. —...y por la tarde, las señoras me confirmaron que todo salió muy bien con Mario, Padre. La operación fue un éxito y ya está en recuperación. Pienso ir a visitarlo en cuanto pueda. —dijo Pedro, una ligera sonrisa de alivio asomando en sus labios. En ese instante, la puerta lateral de la sacristía se abrió. Juan Josué, pálido pero de pie, entró flanqueado por Joaquín, quien lo sostenía suavemente del brazo. —¡Padre Salvador! —saludó Juan Josué, con la voz algo ronca. El sacerdote se levantó con una sonrisa, sus ojos reflejando la alegría de ver al joven sano. Justo entonces, irrumpieron Gabriel, Andrés, Tomás y Elías, trayendo consigo un torbellino ...
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