La Memoria en una Taza de Café: Aquel Sábado de Cuaresma.
El sol de marzo caía con aplomo sobre la enramada de la casa parroquial, pero bajo la sombra, el aroma del café recién colado dictaba una tregua. Era 21 de marzo de 2026. El almuerzo, un banquete con ese sello de hogar que solo la madre de un sacerdote sabe imprimir, había dejado a todos en un estado de reposo reflexivo. Frente al Padre, cuatro jóvenes —sus pilares en el trabajo rudo de la parroquia— se sacudían el polvo de una jornada intensa. Habían pasado la mañana desmontando los tarantines y armazones que, desde la Navidad pasada, sostenían el pesebre. El viejo templo, con sus muros de más de 340 años custodiando la historia de Maracaibo, parecía respirar aliviado tras el retiro de las maderas. Titico, el mayor y líder del grupo, de piel clara y gesto bonachón, dio el primer sorbo a su taza antes de romper el silencio: —Padre, ¿y usted no tuvo miedo? El Padre dejó la mirada perdida en el vapor del café. Sus manos, las mismas que hoy consagraban, parecieron viajar doce años atrás e...