La cripta del algarrobo.
Corrían los primeros años del joven padre Celestino en Curarire. El pueblo, aún pequeño y surcado por calles de tierra roja, lo miraba con una mezcla de simpatía y recelo. Era un sacerdote jovial, con una sonrisa fácil y un humor que aliviaba hasta el silencio más tenso. Una mañana, mientras algunos hombres limpiaban el cementerio Redondeo, justo al pie del viejo algarrobo —ya entonces imponente como un guardián— descubrieron, por accidente, lo que parecía ser la entrada sellada de una cripta subterránea. Al romperse el sello, una polvareda espesa de barro rojo emergió como un aliento detenido por siglos. Alguien gritó: —¡Vayan por el padre! ¡Que traiga el agua bendita! Llegó Celestino, cruz en mano, entre risas nerviosas: —Si esto no es la tumba de un faraón, que me parta un rayo. Pero la broma no impidió que rezara. Y con él, descendieron seis hombres más: Don César —el padre del pequeño Pedro—, el alguacil con dos policías, un sepulturero de nombre Eliseo y un joven ayudante...