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La cripta del algarrobo.

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Corrían los primeros años del joven padre Celestino en Curarire. El pueblo, aún pequeño y surcado por calles de tierra roja, lo miraba con una mezcla de simpatía y recelo. Era un sacerdote jovial, con una sonrisa fácil y un humor que aliviaba hasta el silencio más tenso. Una mañana, mientras algunos hombres limpiaban el cementerio Redondeo, justo al pie del viejo algarrobo —ya entonces imponente como un guardián— descubrieron, por accidente, lo que parecía ser la entrada sellada de una cripta subterránea. Al romperse el sello, una polvareda espesa de barro rojo emergió como un aliento detenido por siglos. Alguien gritó: —¡Vayan por el padre! ¡Que traiga el agua bendita! Llegó Celestino, cruz en mano, entre risas nerviosas: —Si esto no es la tumba de un faraón, que me parta un rayo. Pero la broma no impidió que rezara. Y con él, descendieron seis hombres más: Don César —el padre del pequeño Pedro—, el alguacil con dos policías, un sepulturero de nombre Eliseo y un joven ayudante...

CÚMULOS II.

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El viaje —Mamá, tengo que cuadrar el trabajo y la universidad… —dijo Juan Josué mientras recogía las tazas del café que habían compartido en silencio. —Haz lo que tengas que hacer, hijo —respondió su madre, mirándolo con ternura—. Yo sé que tú vas a cumplir con lo que prometiste. Allá te necesitan… y tú también necesitas ir. Juanjo se quedó un momento quieto, apoyado contra el marco de la puerta. Observó a su madre acomodar los manteles de la mesa con esos movimientos suyos, lentos y precisos. La vio más delgada, más callada, pero fuerte. —¿Papá está de acuerdo? —Claro que sí, mi amor —dijo su padre, entrando en ese instante con una chaqueta en la mano—. Aunque sabes que preferiríamos ir contigo, sabemos que es mejor que vayas solo esta vez. Allá están Pedro, Andrés, Mercedes… y esa gente fue parte tuya también. —Voy por todos nosotros —respondió Juan Josué—. Por Diana también. Esa misma noche, antes de dormir, llamó a Reinaldo. —¡Juanjo! ¿Todo bien? ¿Qué pasó? —Murió...

CÚMULOS I.

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  Cúmulos es un tipo de nube densa y algodonosa que suele anunciar cambios de tiempo, especialmente lluvias intensas.  En latín significa “montón” o “acumulación”. Oficina – Lunes en la ciudad —¿Tú sabes qué es un cúmulus, Juanjo? —preguntó el señor Carlos mientras cerraba una ventana para evitar el viento húmedo que se colaba por los marcos vencidos de la oficina. Juan Josué levantó la vista desde la pantalla del computador. Afuera, la lluvia golpeaba con terquedad los cristales. —¿Una nube? —respondió sin mucha convicción. —Exactamente. Pero no cualquier nube —dijo Carlos, caminando lentamente hacia su escritorio—. Es esa nube gruesa, como de algodón, que se va formando cuando el calor del suelo hace que el aire suba y se condense. Se ve inocente, pero anuncia aguaceros. Como hoy. Juanjo se quedó en silencio, contemplando la ciudad tras el vidrio empañado. Pensó en el tráfico, en los charcos, en la humedad que lo perseguía desde la mañana. —A veces pienso que l...