Me había atrincherado...
A veces en las planicies de las montañas abajadas, se construyen torres y almenas para atrincherarse, ya no en las alturas desafiantes y acantiladas, sino en murallas de soberbias y muros de egoísmos. Paredes tapizadas con almohadones de acomodamiento y luces de indiferencia. Esto sucedió, aconteció, fue real en el caso particular. Pero alguien llegó, con montadura de humildad y mansedumbre, ofreciendo de comer y beber, mas nadie abrió, la puerta adornada de “no pase” siguió cerrada. Sus heridas que eran mis heridas, ensangrentaron los jardines de opulencias (mi opulencia) y levantando el polvo de la maledicencia (mi maledicencia) con el madero a cuestas, se quedó en pie, tambaleándose, el manto purpura se hacía húmedo de la sangre, llevaba una espinada corona trenzada y adherida a sus sienes, la espalda surcada de golpes y adornada de moretones y llagas sangrantes. Ese día antes de caer, con su mano derecha tocó la puerta de mi corazón, un escalofrío hiso rechinar las paredes de la to...