DIÁLOGOS IV
Diálogo IV Los preparativos para el sepelio de Diana, la esposa de Pedro, se llevaron a cabo con un recogimiento sereno, como si todo el pueblo supiera que en ese cuerpo descansaba una parte de su propia historia. Se avisó a su hermana, quien vivía desde joven en la ciudad capital. Allá se había casado y había tenido un hijo llamado Juan Josué. Por razones de salud, tanto de ella como de su esposo, no pudo viajar al pueblo. Sin embargo, sabían que su hijo, Juan Josué, emprendería pronto el camino hacia Curarire. Pedro recibió la noticia con un leve suspiro, como quien comprende lo inevitable, pero espera con esperanza el reencuentro. El entierro tuvo lugar a mitad de mañana, después de la misa exequial, en el cementerio redondo del pueblo, un círculo de paz abrazado por doce cipreses esbeltos, que apuntaban al cielo como los apóstoles fieles que nunca abandonan su vigilia. En el centro se erguía un gran árbol —un algarrobo añoso que todos en el pueblo llamaban “el Cristo”—, cuyas ra...