Un día cualqiera.

La casa cural estaba en silencio cuando el padre llegó. Eran pasadas las diez de la noche. Cerró lentamente la puerta principal y permaneció unos segundos inmóvil en el recibidor, como si necesitara convencer a su cuerpo de que la jornada había terminado.

Había sido un martes particularmente movido.

Aquella mañana se había levantado antes del amanecer con una sensación extraña. El cuerpo le pesaba. La garganta estaba reseca y le ardía ligeramente al tragar. Incluso creyó sentir algunas décimas de fiebre.

—Ah, caramba... me estoy enfermando —murmuró mientras se observaba en el espejo del baño.

Le sorprendió la sensación. Hacía mucho tiempo que no experimentaba algo semejante.

Mientras tomaba una pastilla y se disponía a asearse para comenzar el día, un recuerdo apareció con nitidez. Tres años atrás, un domingo especialmente intenso, había ignorado todos los avisos que le enviaba el cuerpo. Había celebrado la primera misa, luego la segunda, visitado comunidades, atendido reuniones y continuado con el ritmo habitual de trabajo. A mitad de la segunda eucaristía sintió que las piernas no le respondían. Todo comenzó a girar. Apenas pudo terminar la celebración.

El diagnóstico fue sencillo: agotamiento extremo.

Dos semanas de reposo absoluto.

Recordó la insistencia de los médicos, la preocupación de los fieles y las reprimendas cariñosas de algunos sacerdotes amigos.

El cuerpo también es creación de Dios, le había dicho uno de ellos. Sonrió levemente al recordarlo. Pero el día no se detuvo.

Después de la misa matutina del lunes había acudido a visitar a un enfermo que llevaba semanas solicitando los sacramentos. Más tarde acompañó las exequias de un fiel muy querido en una de las comunidades de la parroquia. Había compartido con la familia el dolor de la despedida, escuchando historias, recuerdos y lágrimas.

Almorzó cerca de la una de la tarde. Con rapidez. Sin sobremesa. Sin descanso.

Luego se dirigió a unas confesiones que había prometido atender. La fila fue creciendo poco a poco. Cuando terminó, el reloj se acercaba a las cinco de la tarde.

Todavía quedaba la misa en una de las comunidades más alejadas de la parroquia.

El camino fue largo. El calor, sofocado por el aire del vehículo. La celebración, estuvo llena de fervor. Pensó que al concluir podría regresar a descansar. Se equivocó.

Los responsables de la comunidad lo esperaban para resolver un problema que desde hacía semanas venía creciendo como una grieta silenciosa. Diferencias personales, susceptibilidades, comentarios mal interpretados, viejas heridas que nadie había querido sanar. Dos horas largas de conversación. Dos horas de correcciones. Dos horas de escuchar, amonestar, reconciliar y recordarles que la Iglesia no es una asociación de intereses sino una familia llamada a vivir el Evangelio.

Cuando finalmente salió, la noche ya había cubierto la ciudad. Ahora, sentado en la oscuridad de la sala de la casa cural, sentía el peso acumulado de cada hora. Se dejó caer lentamente en una silla. El silencio lo envolvió. Miró hacia ninguna parte.

Sus ojos comenzaron a humedecerse. No era tristeza. Era cansancio. Ese cansancio que nace cuando se ama profundamente una misión y, sin embargo, los frutos parecen tardar demasiado en aparecer. 

Recordó nombres. Rostros. Conversaciones. Consejos repetidos una y otra vez. Correcciones. Esfuerzos. Horas invertidas. Sacrificios que nadie conocía. Suspiró profundamente.

—Tanto esfuerzo... y aún no se nota el cambio...

La frase salió apenas en un susurro. Permaneció unos segundos en silencio. Luego levantó la mirada hacia el crucifijo que colgaba de una pared cercana. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios cansados.

—Bueno... no a mí, Señor, sea la gloria. Sus ojos se cerraron.

—Llegará el momento en que caigan en cuenta... Tú sabes cuándo.

El corazón comenzó a serenarse. Como ocurría siempre. Como ocurría desde hacía años. Porque había aprendido que el pastor siembra mucho más de lo que alcanza a ver. Y que algunos frutos sólo maduran cuando el sembrador ya ha continuado su camino. Se puso de pie. Las articulaciones protestaron discretamente. Caminó despacio hasta la pequeña capilla-oratorio que había acondicionado en un rincón de la sala de la casa cural. Abrió la puerta. Una tenue lámpara roja iluminaba el sagrario. La luz parecía flotar en medio de la penumbra.

Allí estaba Él. Esperándolo. Como cada noche. Como cada batalla. Como cada cansancio. El sacerdote se arrodilló lentamente. No tenía grandes palabras para ofrecer. No llevaba discursos. Ni proyectos. Ni balances pastorales. Sólo llevaba su agotamiento. Su fiebre incipiente. Su garganta reseca. Sus preocupaciones. Sus comunidades. Sus enfermos. Sus muertos. Sus colaboradores. Sus decepciones. Y también sus esperanzas.

Permaneció en silencio. Y en aquel silencio comprendió nuevamente algo que la prisa del día le hacía olvidar con frecuencia: La parroquia era del Señor. La Iglesia era del Señor. Las almas eran del Señor.

Y él no era más que un humilde servidor llamado a permanecer fiel. Aunque estuviera cansado. Aunque los cambios tardaran. Aunque los resultados no fueran visibles. Aunque el cuerpo doliera. Porque el Buen Pastor seguía caminando delante de su rebaño. Y él, simplemente, intentaba seguir sus huellas.

 

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