Reflexión desde el surco: cuando el alma también siembra.
Hay días en que la niebla se posa sobre el alma. No es densa, pero sí constante. Se cuela entre la rutina de la parroquia, entre los saludos apurados, las bancas vacías, las homilías que uno no sabesi llegaron al corazón de alguien… y ese silencio largo que a veces deja el dar y no escuchar nada más. No lo digo con amargura, sino con sinceridad. Porque esta vida sacerdotal, tan hermosa y misteriosa, también conoce el cansancio y la fatiga del sembrador: ese que esparce la semilla con fe, aunque no siempre vea brotes, ese que a sudores abre surcos y arranca maleza. Y es en esos días nublados donde me descubro esperando. Esperando del cielo la recompensa, sí. Pero también esperando, como humano que soy, una palabra de consuelo, un gesto que fortalezca la esperanza. Porque todos, incluso los que hablamos de la fe, necesitamos ser sostenidos por ella. Hoy, celebrando a San Isidro Labrador, escuché en la mañana y por la tarde, la emoción sencilla de algunos de mis feligreses al hablar d...