CÚMULOS II.
El viaje —Mamá, tengo que cuadrar el trabajo y la universidad… —dijo Juan Josué mientras recogía las tazas del café que habían compartido en silencio. —Haz lo que tengas que hacer, hijo —respondió su madre, mirándolo con ternura—. Yo sé que tú vas a cumplir con lo que prometiste. Allá te necesitan… y tú también necesitas ir. Juanjo se quedó un momento quieto, apoyado contra el marco de la puerta. Observó a su madre acomodar los manteles de la mesa con esos movimientos suyos, lentos y precisos. La vio más delgada, más callada, pero fuerte. —¿Papá está de acuerdo? —Claro que sí, mi amor —dijo su padre, entrando en ese instante con una chaqueta en la mano—. Aunque sabes que preferiríamos ir contigo, sabemos que es mejor que vayas solo esta vez. Allá están Pedro, Andrés, Mercedes… y esa gente fue parte tuya también. —Voy por todos nosotros —respondió Juan Josué—. Por Diana también. Esa misma noche, antes de dormir, llamó a Reinaldo. —¡Juanjo! ¿Todo bien? ¿Qué pasó? —Murió...