Ocho años en San Isidro: Señor, ¿qué quieres que haga por ti?


El 27 de agosto de 2018, un lunes, llegué a la parroquia San Isidro Labrador. Han pasado ocho años y todavía hay una pregunta que me acompaña, quizá con más fuerza que aquel día: Señor, ¿qué quieres que haga por ti?

Uno pensaría que después de tantos años tendría algunas respuestas más claras. Y sí, algunas han llegado; pero también han nacido nuevas preguntas. Porque la vocación sacerdotal no consiste en tenerlo todo resuelto, sino en permanecer disponible, dejándose sorprender por Dios y aprendiendo a caminar con su pueblo.

Ocho años. Ocho de los casi doce que llevo de ordenación sacerdotal. Ocho años en una tierra extensa, caminando entre comunidades, capillas, calles y caminos; gastando la suela de los zapatos y, muchas veces, también el alma. Una tierra habitada por gente buena, trabajadora, generosa, luchadora; pero también por personas difíciles y situaciones complejas. Porque en el campo del Señor caben todas las realidades humanas.

San Isidro me ha enseñado mucho, pero sobre todo me ha enseñado a madurar en el ministerio. Aquí comprendí que una parroquia no es solamente un templo, unas oficinas, actividades o proyectos. Una parroquia tiene rostros, nombres, historias, heridas, esperanzas, alegrías y contradicciones.

Cuando vuelvo la mirada hacia estos ocho años, veo un paisaje lleno de semillas. Algunas ya son árboles; otras apenas comienzan a germinar. Veo comunidades que han crecido, capillas filiales con vida propia, personas que sirven con generosidad y una esperanza que, a pesar de tantas dificultades, se niega a morir.

Han sido años de contrastes profundos: alegrías inmensas y retos pesados; aciertos que consuelan y desaciertos que duelen; momentos de satisfacción y otros que quisiera guardar en el archivo de las experiencias que no se vuelven a repetir.

También ha habido cansancio, fragilidad, pecado, vergüenzas, lágrimas y decisiones equivocadas. Porque ser sacerdote no significa dejar de ser humano. Uno también se cansa, se preocupa, se equivoca y algunas veces no sabe qué hacer.

Pero por encima de todo eso ha habido algo mucho más grande: una gracia que nunca me ha soltado.

Hoy puedo reconocer que muchas veces he pensado que yo sostenía a la parroquia, cuando en realidad era Dios quien me sostenía a mí.

En estos años he sido escuela y aula, maestro y alumno, formador y discípulo. Llegué pensando que venía a enseñar y terminé aprendiendo muchísimo más de lo que imaginaba.

He aprendido de una madre que, a pesar de sus problemas, sigue llegando a Misa; de un hombre que trabaja toda la semana y todavía encuentra tiempo para servir; de una familia que lucha por salir adelante; de un joven que busca su camino; de un anciano que conserva una fe sencilla y profunda; y hasta de los niños, que muchas veces nos recuerdan a los adultos algo que hemos perdido: la capacidad de asombrarnos ante Dios.

También he descubierto que cuando la vocación se abre al pueblo, uno deja de vivir solo. Tengo muchas madres, padres, hermanos, hijos espirituales y amigos entrañables. Personas que Dios fue poniendo en mi camino y que hoy forman parte de mi propia historia.

La familia espiritual se ha ensanchado mucho más de lo que imaginaba aquel 27 de agosto.

Y claro, también están las responsabilidades. A veces parecen multiplicarse y amenazar con desbordarlo todo. Hay días en que uno quisiera tener el don de estar en varios lugares al mismo tiempo. Pero entonces aparece una palabra, una llamada, una visita, una sonrisa o alguien que simplemente dice: «Padre, estamos con usted».

Y uno vuelve a comprender que el amor de Dios y el cariño de la gente son capaces de sostener cargas que humanamente parecen demasiado pesadas.

Ocho años después, todavía no tengo todas las respuestas. Y quizá eso también sea parte del camino.

Sigo preguntando: Señor, ¿qué quieres que haga por ti? ¿Qué quieres que haga hoy? ¿A quién quieres que escuche? ¿A quién debo acompañar? ¿Dónde quieres que siembre? ¿Qué debo corregir? ¿De qué debo desprenderme? ¿Dónde quieres que vuelva a empezar?

He aprendido que el sacerdote es, muchas veces, un sembrador que no siempre verá la cosecha. Su tarea es preparar la tierra, sembrar, cuidar y confiar. La cosecha no le pertenece. Es del Señor.

Por eso hoy no quiero hacer un inventario de todo lo realizado. Prefiero mirar a las personas. Porque una parroquia no se mide solamente por sus obras, edificios, proyectos o estadísticas. Una parroquia se mide también por la vida que logra despertar en el corazón de su gente.

Y cuando miro a San Isidro, veo vida. Veo esperanza. Veo personas que siguen creyendo, sirviendo y luchando. Veo una Iglesia que, con sus luces y sombras, continúa caminando.

Por eso solo puedo dar gracias. Gracias, Señor, por aquel lunes 27 de agosto de 2018. Llegué con ilusiones, pero también con miedos y temores. Y confieso que algunos todavía me acompañan. Quizá nunca desaparezcan del todo, porque cuando uno se asoma al misterio de la llamada de Dios descubre que siempre hay algo que supera sus propias fuerzas.

Pero estos ocho años han sido mucho más grandes que mis miedos. Han sido años de trabajo, cansancio, aprendizaje, lágrimas y risas. De personas que llegaron y otras que partieron. De errores que me enseñaron humildad y aciertos que me recordaron que la gracia también puede servirse de nuestras manos imperfectas.

Han sido, sobre todo, ocho años de gracia. Hoy tengo canas en las cejas, pocas arrugas y muchas más historias en el corazón. Tengo más nombres que recordar en mis oraciones y muchos más motivos para agradecer.

Y quizá tengo menos certezas que aquel día, pero una convicción más profunda: Tú sabes, Señor, por qué me trajiste a San Isidro. Yo solamente intento descubrirlo cada día. Si todavía quieres que siga sembrando, aquí estoy. Si quieres que camine un poco más, dame fuerzas. Si quieres que vuelva a empezar, dame humildad. Y si alguna vez me olvido de para qué estoy aquí, vuelve a recordármelo. Porque después de ocho años mi oración sigue siendo la misma: Señor, aquí estoy. Dime qué quieres que haga por ti.

Y mientras Tú me lo muestras, déjame seguir gastando la suela y el alma en esta tierra que ya no siento solamente como el lugar donde fui enviado, sino como una parte inseparable de mi historia sacerdotal.

Gracias, San Isidro.
Gracias a cada persona que ha caminado conmigo.
Y gracias, Señor, por estos ocho años.

Seguimos sembrando.

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