El viento que limpia y la gracia sentada a la mesa.


El viernes había comenzado a despedirse lentamente.
La tarde había sido larga. Después de celebrar la Santa Misa en uno de los sectores más apartados de la parroquia, el padre Salvador salió del pequeño templo acompañado por dos monaguillos. El sol ya no tenía la fuerza de unas horas antes, pero todavía quedaba sobre las calles una claridad amarillenta que hacía más visible el polvo suspendido en el aire.
Los muchachos subieron al automóvil.
—Padre, ¿vamos directo a la casa cural?
Salvador encendió el motor.
—Eso pensaba.
Avanzó unas cuantas cuadras.
Pero antes de tomar el camino habitual disminuyó la velocidad.
Miró por el espejo retrovisor.
—Voy a hacer una visita.
—¿A quién?
—A una señora.
El automóvil tomó otra calle.
Los monaguillos no preguntaron más. Ya conocían esas improvisaciones del padre. Había días en que una misa terminaba en una conversación en la puerta de una casa, una bendición inesperada o una visita que no estaba en ninguna agenda.
Salvador estacionó frente a una casa humilde.
—Ustedes quédense aquí.
—¿No vamos con usted?
—No. Espérenme. Será un momento.
Bajó del automóvil y caminó hacia la parte posterior de la vivienda.
El viento soplaba con cierta fuerza. Arrastraba hojas secas, pequeños papeles y una fina capa de polvo que se metía por todos los rincones. Salvador tuvo que llevarse una mano al rostro para protegerse los ojos.
Llegó hasta la puerta trasera.
Tocó.
Esperó.
Nada.
Volvió a tocar.
Esperó unos segundos más.
Nada.
—Bueno… —murmuró—. Parece que llegué tarde.
Iba a retirarse cuando decidió intentarlo una tercera vez.
Tocó.
Esta vez escuchó movimiento en el interior.
Pasos.
Unos pasos lentos, pero firmes.
La puerta se abrió.
Frente a él apareció un hombre alto.
—¡Padre Salvador!
—¡Buenas noches!
—¿Qué hace por aquí?
—Vine a ver a alguien.
El hombre sonrió.
—Pase, padre.
Antes de que pudiera terminar la frase, desde el interior de la casa se escuchó una voz femenina:
—¡Ya estamos encerrados!
Salvador soltó una carcajada.
—¿Cómo que encerrados?
La mujer apareció detrás del hombre.
Era una señora ya bastante mayor. Tenía esa expresión de las personas que han vivido suficiente como para no necesitar demasiadas explicaciones. Al verlo, sonrió.
—Sí, padre. A esta hora yo ya me encierro.
Salvador la miró de arriba abajo con fingida seriedad.
—¡Ajá! Como las gallinas… ¡muy temprano!
El hombre comenzó a reír.
La señora negó con la cabeza.
—Ay, padre, usted siempre tiene algo.
—Pero dígame si no es verdad.
—Es verdad. A esta hora ya yo estoy guardada.
—¿Y por qué tanta prisa?
La mujer señaló hacia el patio.
—Mire el viento.
Salvador se volvió.
Una ráfaga levantó las hojas secas y las hizo girar alrededor de ellos.
—Está fuerte —admitió.
—Y trae mucho polvorín. Mire cómo deja todo.
El sacerdote contempló unos instantes el patio.
Después volvió a mirarla.
—Bueno, pero hoy va a llegar otro viento.
La mujer frunció el ceño.
—¿Otro?
—Sí.
—¿Y ese de dónde viene?
Salvador sonrió.
—Del cielo.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Y también trae polvo?
—No.
—¿Hojas?
—Tampoco.
—¿Entonces qué trae?
El padre se acercó un poco.
—El Espíritu Santo.
La mujer dejó de sonreír por un momento.
Salvador conocía ese silencio. Era el silencio que aparece cuando una broma deja de ser una broma y toca algo más profundo.
—Vine precisamente por eso —continuó—. Vamos a confesarte.
Ella bajó la mirada.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Padre…
—¿Qué?
—Hace mucho que no me confieso.
—Por eso mismo.
El hombre alto se apartó discretamente.
—Yo los dejo.
Salvador hizo un gesto de agradecimiento.
La señora señaló unas sillas de cemento que estaban junto a una pequeña mesa.
—Podemos sentarnos allí.
—Claro.
Se sentaron.
Por encima de ellos seguía soplando el viento.
Las hojas secas cruzaban el patio de un lado a otro.
Durante unos segundos ninguno habló.
Salvador sabía que algunas confesiones comienzan mucho antes de que la persona diga una sola palabra.
Comienzan cuando alguien decide abrir una puerta.
—Bueno —dijo finalmente—. Cuéntame.
La mujer respiró profundamente.
Y comenzó.
Habló de su vida. De sus años. De las cosas que había hecho bien y de las que todavía le pesaban. Habló de la familia, de los dolores que había guardado durante mucho tiempo y de esas pequeñas heridas que, con los años, uno aprende a esconder incluso de sí mismo.
Salvador escuchaba.
No interrumpía.
De vez en cuando hacía alguna pregunta.
—¿Y eso cómo te hizo sentir?
—¿Has podido perdonar?
—¿Has pedido perdón?
—¿Sigues rezando?
—Sí, padre.
—¿Todos los días?
Ella sonrió.
—No todos.
—Entonces ahí tenemos tarea.
La mujer también sonrió.
La conversación avanzó con naturalidad.
No parecía una escena extraordinaria.
No había música.
No había grandes acontecimientos.
Solo una anciana, un sacerdote y una mesa de cemento en el patio de una casa.
Pero Salvador sabía que allí estaba sucediendo algo que no podía verse.
Cuando terminó de escucharla, permaneció unos instantes en silencio.
—Mira —le dijo—, Dios no se cansa de nosotros.
La mujer levantó los ojos.
—A veces somos nosotros quienes nos cansamos de volver a Él.
Ella asintió lentamente.
—Yo quiero volver, padre.
—Entonces ya comenzaste.
El sacerdote pronunció las palabras de la absolución.
La mujer respondió con un tímido:
—Amén.
El viento volvió a soplar.
Pero esta vez ella pareció no darse cuenta.
Salvador se levantó.
Ella hizo lo mismo.
—¿Entonces el domingo?
—El domingo.
—¿Qué tengo que hacer?
—Vienes a misa.
—¿A qué hora?
—A las siete.
—¿Y puedo comulgar?
Salvador sonrió.
—Para eso vine.
Los ojos de la mujer se iluminaron.
—Voy a venir.
—Te espero.
Ella abrió los brazos.
El sacerdote se acercó y ambos se dieron un fuerte abrazo.
No fue un abrazo litúrgico.
No fue un gesto aprendido.
Fue simplemente el abrazo de dos personas que acababan de compartir algo que solamente Dios conocía completamente.
—Que Dios la bendiga —dijo Salvador.
—A usted también, padre.
Salvador caminó hacia el automóvil.
Antes de abrir la puerta, volvió la mirada hacia la casa.
La mujer permanecía en la puerta.
Él levantó la mano.
Ella hizo lo mismo.
El sacerdote subió al automóvil.
Uno de los monaguillos preguntó:
—¿Ya, padre?
—Ya.
—¿Qué hizo?
Salvador encendió el motor.
—Dejamos que soplara el Espíritu Santo.
El muchacho no entendió del todo.
Pero sonrió.
El domingo amaneció limpio.
A las siete de la mañana la iglesia comenzaba a llenarse.
Salvador estaba en el altar.
Las primeras luces del día entraban por las ventanas y se mezclaban con el murmullo de la gente.
La misa avanzaba.
El sacerdote celebraba con la familiaridad de quien conoce a su pueblo: sus rostros, sus silencios, sus ausencias y hasta la manera particular en que cada persona se persigna.
Llegó el momento de la comunión.
Salvador tomó la Sagrada Eucaristía.
Comenzó a distribuirla.
Una persona.
Otra.
Otra más.
Entonces la vio.
La abuela avanzaba acompañada por una señora.
Caminaba despacio.
Cuando estuvo frente a él, Salvador la reconoció inmediatamente.
Ella también lo reconoció.
No dijeron nada.
No hacía falta.
La mujer abrió las manos.
Salvador elevó la Hostia.
—El Cuerpo de Cristo.
Los ojos de la anciana estaban abiertos, absortos.
—Amén.
Y en aquel instante ocurrió algo pequeño.
Tan pequeño que probablemente nadie más lo notó.
La mujer parpadeó.
Una vez.
Como si acabara de despertar.
Después recibió la comunión.
Salvador continuó.
Pero mientras entregaba la Eucaristía a los demás fieles, pensó en aquella puerta del viernes.
En las hojas.
En el polvo.
En el viento.
El Espíritu Santo, pensó.
Y sonrió.
Después de la comunión llegó otro momento de alegría.
Una pareja se acercó para renovar sus votos matrimoniales.
Habían decidido hacerlo delante de la comunidad.
No tenían grandes preparativos.
Solo unos nuevos anillos.
Los anteriores se los habían robado.
Salvador los recibió y los sostuvo entre sus manos.
—Estos son nuevos —comentó.
—Sí, padre —respondió el esposo—. Los otros ya no los tenemos.
—Bueno —dijo Salvador—, entonces estos tienen una historia que comenzar.
La esposa sonrió.
Estaba nerviosa.
Muy nerviosa.
El sacerdote comenzó la bendición de los anillos.
Todo transcurría con solemnidad.
Hasta que la mujer, quizá llevada por los nervios, tomó uno de los anillos y, sin esperar más, se lo colocó al esposo.
Salvador la miró sorprendido.
—¡Un momento!
La iglesia estalló en risas.
La mujer se quedó inmóvil.
El esposo comenzó a reír.
—Ya vamos a eso —dijo Salvador—. Primero bendecimos los anillos y después hacemos lo que corresponde.
—Perdón, padre —respondió ella entre risas.
—No se preocupe. Por lo menos ya sabemos que estaba preparada.
La comunidad volvió a reír.
El momento solemne se había transformado, por unos segundos, en un instante profundamente humano.
Después de las risas, continuaron.
Los anillos fueron bendecidos.
Los esposos repitieron sus votos.
Se miraron.
Esta vez sin nervios.
Sin prisas.
Con la serenidad de quienes habían decidido volver a decirse públicamente aquello que alguna vez se prometieron en privado.
Cuando terminaron, Salvador los bendijo.
Y también ellos se abrazaron.
La misa terminó con la bendición final.
Salvador descendió del altar y comenzó a saludar a la gente que se acercaba.
—Dios los bendiga.
—Igualmente, padre.
—Que tengan un buen domingo.
—Gracias, padre.
La pareja de los anillos se acercó nuevamente para despedirse.
—Gracias por todo, padre.
—Que el Señor bendiga su matrimonio y les conceda muchos años más juntos.
—Amén.
La señora mayor también se acercó.
Salvador la miró y sonrió.
—¿Y cómo está?
Ella respondió con una sonrisa amplia.
—Muy bien, padre.
—¿Y la comunión?
La mujer llevó una mano al pecho.
—Feliz.
El sacerdote asintió.
—Entonces valió la pena abrir aquella puerta el viernes.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—Y yo que estaba encerrada ya como las gallinas.
—Ya ve que no era tan tarde.
—No, padre. No era tan tarde.
Se despidieron.
Salvador continuó saludando a los demás mientras la gente iba abandonando el templo.
Pero él tampoco podía quedarse mucho tiempo.
Todavía tenía otra comunidad que atender.
Uno de los colaboradores se acercó.
—Padre, tenemos que salir.
—Sí, ya voy.
Salvador tomó sus cosas, volvió a despedirse de algunos de los presentes y salió apresuradamente.
—Dios los bendiga a todos.
—Amén.
Subió al automóvil y emprendió el camino hacia la otra comunidad, donde lo esperaba otra celebración.
El domingo continuó para todos.
Para la pareja, con sus nuevos anillos.
Para la anciana, con la alegría de haber vuelto a recibir al Señor.
Y para Salvador, con otra misa, otros rostros y otras historias.
El lunes por la mañana, cuando todavía el día apenas comenzaba a organizarse, sonó el teléfono del padre Salvador.
Miró la pantalla.
Era la señora de la comunión.
—Buenos días.
Del otro lado escuchó aquella voz que ya conocía.
No hubo demasiados rodeos.
—Padre, usted me va a hacer el favor de venir a almorzar hoy.
Salvador sonrió.
—¿A almorzar?
—Sí.
—¿Y eso?
—Para agradecerle.
—No tiene que agradecerme nada.
—Eso lo decide usted. Pero yo ya decidí.
Salvador soltó una carcajada.
—¿Ah, sí?
—Sí, padre. Lo espero al mediodía.
La manera en que lo dijo no parecía una invitación.
Era casi una orden.
Salvador conocía ese tono.
—Bueno, bueno. Allí estaré.
—Lo espero.
—A las doce.
—A las doce.
Colgaron.
Al mediodía, Salvador llegó a la casa.
Esta vez no tuvo que entrar por la parte de atrás ni tocar tres veces.
La puerta estaba abierta.
—¡Padre! —se escuchó desde adentro—. ¡Pase!
—Aquí estoy.
La señora apareció sonriente.
—Sabía que iba a venir.
—Usted me puso contra la pared. ¿Cómo no iba a venir?
—Pase, padre. Ya está servido.
La casa estaba llena de vida.
Había un hijo de la señora y varios de sus nietos. Algunos conversaban, otros iban y venían de la cocina. La mesa estaba preparada y el ambiente tenía esa alegría sencilla de las familias que no necesitan una ocasión extraordinaria para reunirse.
Salvador se sentó.
—Bueno, ¿y qué me van a dar?
—Comida —respondió uno de los nietos.
—Eso esperaba.
Todos rieron.
La señora lo miró desde el otro extremo de la mesa.
—Padre, yo quería agradecerle por lo del viernes.
Salvador hizo un gesto con la mano.
—No tiene que agradecerme.
—Sí tengo.
—No. Usted hizo lo que tenía que hacer.
—Pero usted fue hasta mi casa.
—Y usted abrió la puerta.
La mujer guardó silencio unos segundos.
Después sonrió.
—Es verdad.
El hijo intervino.
—Mamá estaba muy contenta ayer.
—¿Ah, sí? —preguntó Salvador.
—Muchísimo.
Uno de los nietos añadió:
—Desde temprano estaba diciendo que iba a comulgar.
La abuela los miró con cierta vergüenza.
—¡No cuenten todo!
Todos volvieron a reír.
Salvador contempló aquella escena.
No había altar.
No había incienso.
No había bancos de iglesia.
No había micrófonos ni cantos.
Solo una mesa familiar, un plato de comida, un hijo, unos nietos y una mujer que había querido agradecer de la única manera que sabía: abriendo las puertas de su casa.
Salvador entendió entonces que el ministerio sacerdotal también estaba hecho de esos momentos.
De visitas inesperadas.
De confesiones junto a una mesa de cemento.
De comuniones recibidas con lágrimas.
De matrimonios que renovaban sus promesas.
Y también de almuerzos familiares.
La señora levantó su vaso.
—Por usted, padre.
Salvador levantó el suyo.
—Por ustedes.
—Y por Dios —dijo ella.
—Eso es lo más importante.
Brindaron.
Aquel lunes, mientras compartía la mesa con aquella familia, Salvador comprendió que el domingo todavía no había terminado.
Porque algunas misas continúan mucho después de la bendición final.
Continúan en una casa.
En una mesa.
En una familia.
En un corazón agradecido.
Y quizá aquel era el verdadero milagro de aquella historia:
que una visita hecha casi de paso había terminado convirtiéndose en una mesa compartida.
El viento del viernes había pasado.
La comunión del domingo había llegado.
Y el lunes, sin grandes ceremonias, la gracia seguía sentada a la mesa.
  

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