Cuando cantamos en la Misa, ¿a quién estamos cantando?
Cuando cantamos en la Santa Misa, ¿a quién estamos cantando?
La pregunta cobra especial importancia al recordar
a San Pío X, cuya memoria
celebramos hoy. Este Papa tuvo una preocupación profunda por la dignidad de la
música sagrada y por su verdadero lugar dentro de la liturgia. Su pensamiento
marcó profundamente la renovación de la música litúrgica y fue posteriormente
asumido y desarrollado por el Concilio Vaticano II.
Sacrosanctum Concilium recuerda que el canto sagrado no es un simple
adorno de la celebración. Unido al texto, constituye una parte necesaria o
integral de la liturgia solemne. Y señala algo fundamental: la música sagrada
será tanto más auténtica cuanto más estrechamente esté unida a la acción
litúrgica, pues su finalidad es la
gloria de Dios y la santificación de los fieles.
Esta afirmación debería ser el punto de partida de
todo coro parroquial.
La Misa no es un concierto ni una devoción particular
Quienes servimos en un coro tenemos un hermoso
ministerio, pero debemos recordar siempre que no estamos allí para ofrecer un
concierto ni para expresar únicamente nuestros gustos religiosos.
Estamos allí para servir a la oración de la
Iglesia.
La música no debe convertirse en protagonista.
Tampoco el coro. El verdadero protagonista de la liturgia es Cristo, que reúne
a su Iglesia, anuncia su Palabra, se entrega al Padre y se nos da como alimento
en la Eucaristía. Por eso, el criterio fundamental para escoger un canto no
debería ser: ¿Este canto nos gusta?
ni siquiera: ¿Este canto es bonito?
La pregunta debería ser: ¿Este canto ayuda a la
asamblea a celebrar este momento del misterio de Cristo? Ahí comienza el
verdadero discernimiento litúrgico.
¿Significa esto que no podemos cantar a la Virgen?
De ninguna manera. La Iglesia ama profundamente a
la Santísima Virgen María. La venera como Madre de Dios y primera discípula, y
reconoce su lugar singular en la historia de la salvación.
Pero precisamente porque María es la primera
discípula, ella nunca se coloca en el
lugar de Cristo.
María conduce a Jesús.
En Caná no se presenta como el centro de la
celebración. Ella señala hacia su Hijo y dice:
Hagan lo que Él les diga
(Jn 2,5).
Esta frase debería ayudarnos también a comprender
la música mariana dentro de la liturgia.
Un canto a María puede ser profundamente cristiano
y perfectamente litúrgico cuando ayuda a contemplar el misterio de Cristo
presente en la vida de su Madre.
Porque María no se entiende sin Cristo. Su
maternidad es cristológica. Su virginidad es cristológica. Su santidad es fruto
de la gracia de Cristo. Su misión está vinculada al misterio de la salvación
realizada por Cristo. Por eso, celebrar
a María nunca significa desplazar a Jesús.
Una fiesta mariana no convierte toda la Misa en una devoción mariana
Aquí encontramos una situación pastoral que merece
especial atención. A veces, cuando celebramos una solemnidad, fiesta o memoria
de la Virgen, existe la tendencia a seleccionar prácticamente todo el
repertorio musical en función de María. Entrada mariana. Ofertorio mariano.
Comunión mariana. Acción de gracias mariana. Salida
mariana.
Y puede ocurrir que, sin darnos cuenta, terminemos
convirtiendo la celebración de la Eucaristía en una especie de celebración
devocional mariana. Ahí debemos
detenernos y discernir.
La fiesta mariana tiene un contenido litúrgico
propio, pero la Eucaristía sigue siendo la celebración del misterio pascual de
Cristo. El Concilio Vaticano II nos recuerda incluso, al hablar de las fiestas
de los santos, que estas proclaman las maravillas realizadas por Cristo en sus
servidores.
Esto vale de manera eminente para María. Cuando
celebramos a la Madre, celebramos también la obra de Dios realizada en ella.
El canto debe seguir la estructura de la Misa
Por eso, el
repertorio no debería construirse simplemente según el santo o la advocación
que celebramos. Debe construirse teniendo en cuenta el conjunto de la
celebración.
En la entrada
El canto debe
ayudar a reunir a la comunidad e introducirla en el misterio que se va a
celebrar.
En una
solemnidad mariana puede tener un contenido mariano, siempre que nos introduzca
realmente en el misterio celebrado.
En el Ordinario
El Kyrie, el
Gloria, el Santo y el Cordero de Dios tienen un lugar y un texto propios dentro
de la celebración.
No deberían
ser sustituidos arbitrariamente por cantos devocionales.
El coro está
al servicio de la liturgia; no está para modificarla según sus preferencias.
En la Liturgia de la Palabra
Aquí debemos prestar especial atención a la
Palabra de Dios.
El Salmo responsorial no es simplemente otro canto.
Es respuesta orante de la asamblea a la Palabra proclamada. El canto debe
ayudarnos a escuchar y responder a Dios.
En la presentación de los dones
El canto puede acompañar la presentación del pan y
del vino y expresar nuestra propia entrega al Señor. No se trata simplemente de
cantar algo relacionado con la fiesta del día, sino de acompañar el significado
de este momento de la celebración.
En la Comunión
Aquí debemos tener todavía mayor sensibilidad.
Estamos acercándonos a recibir a Jesucristo realmente presente en la
Eucaristía.
Por eso, el canto debería favorecer la fe, la
adoración, la acción de gracias, la comunión con Cristo y la unidad de la
Iglesia.
Un canto mariano puede ser apropiado en
determinadas circunstancias, pero debemos preguntarnos siempre: ¿Este canto está ayudando a la comunidad a
vivir el encuentro sacramental con Cristo?
Después de la Comunión
No siempre necesitamos llenar cada instante con
música. El silencio también es liturgia.
A veces, después de recibir al Señor, el mejor
servicio que puede prestar un coro es permitir que la asamblea permanezca en
silencio adorando y dando gracias.
En la salida
Aquí puede ser especialmente hermoso un canto
mariano cuando la celebración lo aconseja.
Después de haber celebrado el misterio de Cristo,
podemos confiar nuestra vida y nuestra misión a la intercesión de María. Pero
incluso entonces recordamos que ella nos conduce siempre hacia su Hijo.
El coro no debe preguntar solamente: «¿Qué cantamos?»
Debe aprender a preguntar: ¿Qué celebra la Iglesia? ¿Qué dicen las lecturas? ¿Qué momento de la Misa
estamos acompañando? ¿Qué necesita espiritualmente la asamblea? ¿Este canto
corresponde al texto y al gesto litúrgico? ¿Este canto ayuda a entrar en el
misterio o nos distrae de él? Estas preguntas son parte de la formación
que necesita todo servidor de la música litúrgica.
San Pío X insistió en la importancia de la formación
musical y de la dignidad del canto sagrado. El Concilio Vaticano II retomó esta
preocupación y pidió que se diera importancia a la enseñanza y práctica
musical, así como una auténtica educación litúrgica a compositores y cantores.
Por tanto, ser miembro de un coro parroquial también
implica formarse. No basta con tener buena voz. Hay que conocer la
liturgia. No basta con saber tocar un instrumento. Hay que saber qué estamos
celebrando. No basta con conocer muchos cantos. Hay que saber cuándo, cómo y
por qué cantarlos.
La música litúrgica tiene una misión
San Juan Pablo II, al recordar el pensamiento de
San Pío X, reafirmó que la música sagrada participa de la finalidad general de
la liturgia: la gloria de Dios y la
santificación de los fieles. También recordó que la música debe estar
íntimamente unida al texto sagrado y ayudar a los fieles a disponerse a recibir
los frutos de la celebración.
Y Benedicto XVI recordó posteriormente algunos
criterios fundamentales: sentido de la oración, dignidad y belleza, plena
adhesión a los textos y gestos litúrgicos y participación de la asamblea.
Una última reflexión para nuestros coros
Queridos hermanos que sirven en el ministerio del
canto:
No tengamos miedo de cantar a María. Cantémosla
con amor. Cantémosla con alegría. Cantémosla con la devoción que la Iglesia nos
ha enseñado.
Pero cantémosla como ella quiere ser cantada: llevándonos a Jesús. Cuando celebremos
una fiesta mariana, preguntémonos qué misterio de Cristo contemplamos en María.
Cuando celebremos a un santo, preguntémonos qué obra de Cristo vemos en su
vida. Cuando celebremos la Eucaristía, recordemos que estamos ante el misterio
central de nuestra fe. Y cuando tomemos un instrumento o abramos la boca para
cantar, recordemos que nuestra voz no nos pertenece solamente a nosotros.
Estamos prestando
nuestra voz a la Iglesia para que la Iglesia pueda orar.
Que San Pío X nos ayude a recuperar el verdadero
sentido del canto sagrado. Que María Santísima nos enseñe a decir siempre,
también con nuestra música: Hagan lo
que Él les diga.
Y que cada canto que elevemos en nuestro templo
pueda cumplir una única y hermosa misión:
dar gloria a Dios y
ayudar a su pueblo a encontrarse con Jesucristo.

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