Las manos sudorosas del pastor.
La noche del sábado había caído sobre la casa parroquial con una quietud engañosa.
El padre Renialdo permanecía sentado junto a la ventana
de su habitación. Afuera, las luces dispersas del barrio titilaban entre los
postes y las sombras. Sobre la pared, la bandera de la Resurrección parecía moverse
suavemente con la corriente de aire que entraba por la ventana entreabierta.
Había terminado de preparar la homilía del domingo,
revisado algunos documentos de la cancillería, respondido mensajes y coordinado
detalles de la semana. Todo estaba aparentemente en orden.
Y sin embargo, algo pesaba.
Se llevó una mano al rostro y permaneció inmóvil.
Aquella tarde había leído una reflexión que le había
dejado una herida abierta en el alma.
Una frase seguía resonando: "¿Quién mira las
manos sudorosas y el corazón del pastor?"
Cerró los ojos.
No era cansancio físico solamente. Era otra cosa. Era el peso acumulado de años. Los bautizos celebrados. Las confesiones escuchadas. Los enfermos visitados. Las madrugadas de Semana Santa. Los problemas económicos de la parroquia. Los proyectos que parecían imposibles y que, con la ayuda de Dios, habían salido adelante. Y también los silencios.
Las personas que un día caminaron a su lado y luego desaparecieron. Los jóvenes que crecieron en la parroquia y tomaron otros caminos. Aquellos para quienes entregó tiempo, esfuerzo y afecto, y que ahora parecían recordar apenas su nombre.
—Es extraño, Señor... —murmuró. Pensó en los nueve años transcurridos en es Parroquia. Nueve años. Había llegado con entusiasmo y miedo. Ahora conocía cada calle, cada familia, cada historia de sufrimiento y esperanza. Y sin embargo, aquella noche experimentaba una nostalgia difícil de explicar. No era tristeza. Tampoco amargura.
Era la sensación de haber entregado mucho y descubrir que algunas huellas se habían borrado con el tiempo. Miró hacia el crucifijo. Entonces recordó algo que había comprendido hacía mucho. Los pastores buscan gratitud humana. Todos la buscan. Una palabra. Una mirada. Un "gracias, padre". Pero el Evangelio no promete aplausos. Promete una cruz. Y una presencia. Permaneció largo rato en silencio. Después se arrodilló.
—Si al final sólo quedas Tú, Señor... entonces basta. La lámpara del Santísimo permanecía encendida en la iglesia vacía. Y aquella noche, mientras todos dormían, el sacerdote volvió a experimentar una certeza antigua: Cristo conocía perfectamente el peso de aquellas manos cansadas.
El Domingo
El despertador sonó antes de las cinco. El domingo comenzó como todos los domingos. Rápido. Intenso. Inagotable. Las primeras personas ya esperaban a las puertas del templo cuando todavía el sol no había terminado de salir. Llegaron ministros. Catequistas. Monaguillos. Personas buscando una bendición. Una firma. Una ayuda. Una palabra. Y luego comenzaron las misas. Una tras otra. Predicó con fuerza. Sonrió. Escuchó. Bendijo. Animó.
Durante la comunión observó a la asamblea.
Ancianos. Niños. Madres. Trabajadores. Jóvenes. La Iglesia concreta. La que vale cada sacrificio. Y por un momento desaparecieron las preguntas de la noche anterior. Porque allí estaba la respuesta. No en los reconocimientos. No en los aplausos. Sino en aquel pueblo que seguía reuniéndose alrededor del altar. Al finalizar la última misa dominical, mientras apagaban algunas luces del templo, el padre sintió nuevamente el cansancio.
Pero ya no pesaba igual. Había algo de paz.
El Lunes
El lunes transcurrió más despacio. Era su día de descanso. Al menos en teoría. Después del desayuno caminó por la plaza parroquial. Observó las paredes recién pintadas. Las áreas recuperadas. Los árboles movidos por el viento. Recordó cómo había encontrado aquel lugar años atrás.
Cuántas personas habían trabajado para devolverle dignidad. Cuántos sacrificios escondidos. Se sentó un momento bajo una sombra. No hizo llamadas. No respondió mensajes. Simplemente contempló. Y dejó que el silencio hiciera su trabajo. A veces el alma necesita descansar más que el cuerpo.
El Martes
El martes por la tarde se reunió con dos sacerdotes amigos. Lo hicieron en una pequeña cafetería cercana al centro pastoral. Era un encuentro sencillo. Sin agenda. Sin protocolos. Sólo tres curas compartiendo la vida.
El padre Andrés tenía apenas tres años de ordenado. Todavía conservaba el entusiasmo impetuoso de los primeros años. El padre Miguel llevaba veintiséis años de sacerdocio. Su cabello comenzaba a encanecer y sus silencios solían decir más que muchas palabras. Después de hablar de parroquias, cuentas, reparaciones, catequesis y problemas cotidianos, la conversación tomó otro rumbo.
—¿Les ha pasado alguna vez? —preguntó el padre Renialdo
mientras removía el café—. Sentir que uno entrega muchísimo y que después casi
nadie lo recuerda.
Hubo un silencio breve. El sacerdote joven fue el primero en responder.
—Yo apenas tengo tres años de ordenado y ya me ha pasado.
Uno prepara encuentros, acompaña grupos, ayuda a personas en momentos
difíciles... y luego desaparecen. A veces me pregunto si hice algo mal.
Miguel sonrió. Una sonrisa serena. Como quien conoce bien ese camino.
—No hiciste nada mal —dijo—. Es simplemente parte del
ministerio.
Andrés levantó la mirada.
—¿Parte del ministerio?
—Claro. Cuando nos ordenamos, nadie nos prometió
permanencia en el corazón de la gente. Nos prometieron participación en el
pastoreo de Cristo.
Renialdo asintió lentamente.
Aquellas palabras tocaban exactamente la herida.
Miguel continuó:
—La mayoría de las personas recuerdan momentos, no
procesos. Nosotros vivimos el proceso completo. Ellos sólo recuerdan
fragmentos. Nosotros cargamos años de historias; ellos conservan algunos
recuerdos. Es normal.
Andrés guardó silencio. Pensativo. Luego habló de nuevo. Pero a veces duele.
—Por supuesto que duele —respondió Renialdo—. Somos
sacerdotes, no piedras.
Miguel soltó una pequeña risa.
—Exactamente. Hay una falsa idea de que la madurez
espiritual elimina esas heridas. No es verdad. Después de veintiséis años
todavía me alegra una palabra de agradecimiento y todavía me duele cierta
indiferencia.
Los tres rieron. Aquella sinceridad era un alivio. Después el sacerdote veterano apoyó los codos sobre la mesa.
—La pregunta importante es otra.
—¿Cuál? —preguntó Andrés.
—Cuando nadie recuerda, cuando nadie agradece, cuando
nadie ve el esfuerzo... ¿para quién hicimos todo aquello?
El joven sacerdote bajó la mirada.
Renialdo sintió que la conversación llegaba al centro de
todo.
Miguel continuó:
—Si la respuesta es Cristo, entonces nada se pierde.
Absolutamente nada. Cada confesión escuchada. Cada visita a un enfermo. Cada
noche de preocupación. Cada lágrima escondida. Todo permanece en Él.
Andrés asintió lentamente.
—Entonces el Sagrario termina siendo el lugar donde uno
vuelve para recordar por qué comenzó.
—Exactamente —respondió Renialdo.
Miguel señaló discretamente hacia la iglesia que se veía
al otro lado de la calle.
—Porque allí está la única mirada que nunca se distrae.
La única memoria que nunca olvida. La única gratitud perfecta.
El sol comenzaba a descender. La conversación fue quedando en silencio. Nadie tenía nada más que añadir. Porque las respuestas importantes suelen llegar así. Sin ruido. Sin discursos. Simplemente reposando en el corazón.
Al despedirse, Andrés abrazó a sus dos hermanos
sacerdotes.
—Gracias —dijo.
Miguel sonrió.
—No nos des las gracias a nosotros.
Y mirando hacia la torre de la iglesia añadió:
—Dáselas a Él. Es el único que conoce realmente las manos
sudorosas y el corazón cansado de un pastor.
Los tres levantaron la vista.
La cruz se recortaba sobre el cielo de la tarde.
Y por un instante comprendieron que, aunque el cansancio
seguiría existiendo, tampoco desaparecería la gracia.
Porque el Buen Pastor seguía caminando delante de ellos.

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